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Iban a sacrificarlo por sus gritos insoportables, pero cuando la veterinaria encontró una vieja llave oculta bajo su jaula y descubrió por quién lloraba realmente, el mundo entero se quedó sin palabras…

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El viaje hasta el refugio sur fue una tortura de tráfico y semáforos en rojo. Cuando Stephanie llegó, el cielo comenzaba a oscurecerse, tiñéndose de un gris amenazante que presagiaba tormenta. El lugar era una fortaleza de tristeza; paredes altas con alambre de púas y ladridos lejanos.

Stephanie no entró por la puerta principal. Sabía que la burocracia tardaría días, días que Pancracio no tenía. Usó su carnet de veterinaria colegiada para engañar al guardia de seguridad de la entrada, diciéndole que venía por una inspección sanitaria sorpresa ordenada por el ayuntamiento. El guardia, un hombre joven y asustado por la autoridad que ella proyectaba, la dejó pasar.

—Necesito ver el sótano —exigió ella con voz firme, aunque por dentro temblaba. —Ahí solo hay trastos viejos y animales en cuarentena agresiva, doctora —balbuceó el guardia. —Ábralo. Ahora.

El sótano era húmedo, frío y olía a moho y desesperanza. Con una linterna, Stephanie recorrió las filas de jaulas oxidadas. Estaba a punto de rendirse cuando vio un bulto de plumas azules en el rincón más oscuro, en una jaula tapada con una manta sucia.

Retiró la manta y el corazón se le rompió. Ari estaba en un estado lamentable. Tenía las plumas opacas, desordenadas y se había arrancado muchas de ellas del pecho, dejando la piel viva expuesta —un signo clásico de estrés extremo y automutilación—. Tenía la cabeza gacha, escondida bajo el ala, completamente inmóvil. Parecía haber perdido la voluntad de respirar. Era la imagen viva de la depresión absoluta.

—Ari —susurró Stephanie suavemente—. Ari, bonita, despierta.

El ave apenas abrió un ojo, sin brillo. Se estaba dejando morir. Stephanie sabía que si no la sacaba de allí en ese instante, no amanecería viva. Rompió el candado oxidado con una cizalla que había traído de su camioneta, haciendo un ruido metálico que resonó en todo el sótano. Tomó a Ari con una toalla, envolviéndola como a un bebé. El ave no opuso resistencia; pesaba tan poco que asustaba.

Salió corriendo hacia su coche justo cuando el guardia comenzaba a gritarle desde la escalera. —¡Oiga! ¡No puede llevarse eso! ¡Llamaré a la policía! Stephanie aceleró a fondo, con Ari en el asiento del copiloto, ignorando los gritos. Marcó el número de Michael mientras conducía a toda velocidad de regreso a Valle Verde. —Michael, no lo toques —gritó al teléfono—. ¡No te atrevas a tocar a Pancracio! Tengo la cura. Llego en diez minutos.

Cuando derrapó en la entrada de Valle Verde, Michael la esperaba en la puerta con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Se veía agotado. De fondo, los gritos de Pancracio seguían taladrando la noche, más débiles ahora, como si se le estuviera acabando la vida.

—Estás loca, Stephanie —dijo Michael—. La policía del sur acaba de llamar. Dicen que robaste un animal del estado. —Solo mira —dijo ella, jadeando, pasando por su lado con el bulto de toalla en brazos—. Solo mira y calla.

Stephanie corrió hacia la sala de aislamiento, ignorando todo protocolo de cuarentena. Abrió la puerta de la sala y el grito de Pancracio la golpeó de frente. El loro estaba colgado de los barrotes, con los ojos desorbitados.

—Aquí está —dijo Stephanie con la voz quebrada por la emoción, abriendo la puerta de la jaula de Pancracio y depositando suavemente a Ari en la percha.

En el momento en que Ari entró en la jaula, el tiempo pareció detenerse en el refugio. Pancracio, que estaba a mitad de un alarido, se calló en seco. Su pico quedó entreabierto. Sus pupilas se dilataron y se contrajeron rápidamente, enfocando el bulto de plumas que tenía frente a él.

Hubo un segundo de incredulidad absoluta. Un silencio tan denso que se podía escuchar el zumbido de la lámpara fluorescente. Parecía que no podían procesar que el milagro fuera real, que el universo hubiera conspirado a su favor.

Y entonces, Ari, que parecía un cadáver hace veinte minutos, levantó la cabeza. Sus ojos recuperaron un brillo súbito. Emitió un sonido suave, un gorjeo trémulo y dulce: “Kruuu-kruuu”.

Pancracio respondió. No con un grito. No con un alarido. Sino con un arrullo profundo, vibrante, lleno de un alivio tan palpable que a Stephanie se le llenaron los ojos de lágrimas al instante. El macho bajó de los barrotes y se acercó a ella con una delicadeza infinita.

Se abalanzaron el uno hacia el otro, pero no con frenesí, sino con una necesidad reverente. Se abrazaron con las alas. Pancracio colocó su cabeza bajo la de Ari, y ella apoyó su pico sobre el cuello de él. Comenzaron a acicalarse mutuamente, limpiando las lágrimas invisibles, tocándose las caras, confirmando que eran reales, que el otro estaba allí, vivo y caliente.

Y entonces, sucedió. La paz.

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