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Iban a sacrificarlo por sus gritos insoportables, pero cuando la veterinaria encontró una vieja llave oculta bajo su jaula y descubrió por quién lloraba realmente, el mundo entero se quedó sin palabras…

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El grito no era normal. No se parecía en nada al canto alegre de un ave tropical, ni siquiera al reclamo habitual de una mascota que busca atención o comida. Era un alarido. Un sonido desgarrador, metálico y desesperado que atravesaba las paredes de bloques de cemento del refugio “Valle Verde” como un cuchillo oxidado, metiéndose bajo la piel de cualquiera que tuviera la desgracia de escucharlo. Era, sin lugar a dudas, el sonido de un alma en pura agonía.

La doctora Stephanie Moore se frotó las sienes con fuerza, sintiendo cómo la jaqueca que la acompañaba desde hacía tres días comenzaba a palpitar con violencia detrás de sus ojos. Frente a ella, en la jaula de aislamiento número cuatro, estaba Pancracio. Era un guacamayo azul y dorado majestuoso, con un plumaje que, bajo otras circunstancias, habría brillado con la intensidad de una selva virgen bajo el sol del mediodía. Físicamente, era un espécimen perfecto: corazón fuerte, pulmones limpios, peso adecuado. Pero su espíritu parecía estar roto en mil pedazos irreconocibles.

—Lleva tres noches así, doctora —dijo Marta, la joven asistente veterinaria, cubriéndose los oídos con las manos mientras el ave soltaba otro chillido ensordecedor que hizo vibrar los cristales—. No para ni para comer. Los voluntarios están renunciando porque no soportan la tristeza del sonido, los vecinos han llamado a la policía dos veces por “maltrato animal”… esto no es sostenible. Nadie puede trabajar así.

Stephanie suspiró, dejando escapar el aire con pesadez, y se acercó a la rejilla de metal. El ave la miró. No había agresividad en sus ojos oscuros e inteligentes, solo una profundidad abismal de tristeza y una urgencia comunicativa que Stephanie, con todos sus años de experiencia clínica, no lograba descifrar.

—El dueño murió hace una semana —murmuró Stephanie, repasando el expediente médico por décima vez, buscando algo que se le hubiera escapado—. Don Esteban Mora. Un anciano solitario. Un ataque cardíaco fulminante. Lo encontraron días después en su apartamento. Quizás es luto. He visto perros dejarse morir de tristeza junto a la tumba de sus amos, he visto gatos que maúllan recorriendo pasillos vacíos buscando a sus humanos…

—¿Pero esto? —Marta señaló al ave con desesperación, casi con miedo—. Esto no es luto, Stephanie. Esto parece locura. Si sigue así, Michael va a ordenar dormirlo mañana mismo. Ya sabes que la junta directiva solo ve números y balances, y este animal nos está costando nuestra reputación y las donaciones.

La mención de Michael, el director ejecutivo del refugio, fue como un balde de agua helada sobre la espalda de la veterinaria. “Valle Verde” dependía enteramente de la caridad pública, y un animal que gritaba las 24 horas del día, espantando a los visitantes y estresando al resto de los animales hasta enfermarlos, era un pasivo que no podían permitirse. Y, como si su nombre lo hubiera invocado, la puerta de la oficina se abrió de golpe.

Michael entró con esa expresión dura y pragmática de hombre de negocios que ha olvidado hace mucho lo que es la compasión pura. Tiró dos sobres blancos sobre el escritorio desordenado de Stephanie.

—Quejas —dijo secamente, sin preámbulos—. De nuestros dos mayores donantes que viven en la urbanización de atrás. Dicen que el ruido es “inhumano” y que retirarán los fondos si no se soluciona hoy. Tienes 24 horas, Stephanie. Ni un minuto más. Si ese pájaro no se calla para mañana al amanecer, tendremos que tomar “decisiones difíciles”.

Stephanie sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. “Decisiones difíciles” era el eufemismo corporativo para la eutanasia. Iban a matar a un animal sano, joven y hermoso solo porque nadie entendía su idioma, porque nadie comprendía la magnitud de su dolor.

—No voy a permitirlo —dijo ella, con una firmeza repentina que sorprendió incluso a Michael—. Voy a averiguar qué le pasa. Tiene que haber una razón médica o psicológica profunda. —Más te vale —gruñó él, girando sobre sus talones antes de salir—. Porque el reloj corre. Y si fallas, serás tú quien tenga que ponerle la inyección letal. No pienso pedirle a nadie más que lo haga.

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