—A ver, muchacha, ¿tú hablas cinco idiomas?
La carcajada que siguió fue peor que un golpe.
Renata sintió un fragmento de cristal cortandole la yema del dedo. Una gota de sangre cayó sobre el piso blanco. Durante un segundo vio su propia vida completa: la niña esperando a su padre junto a una puerta que nunca se abrió; la escucha de órdenes adolescentes; la mujer tragándose su dignidad para conservar techo y comida.
Y algo dentro de ella se cansó.
Se puso de pie.
—Y si sí los hablo? —preguntó con voz firme.
Las risas murieron.
Augusto parpadeado.
—¿Qué dijiste?
—Que si yo hablo cinco idiomas, usted se arrodilla frente a mí igual que lo haría frente a cualquiera de sus invitados. ¿O su palabra solo vale cuando se trata de gente con apellido importante?
Doña Carmela, desde la puerta de la cocina, se llevó una mano al pecho.
Augusto dejó de sonreír durante un instante, pero enseguida volvió a cubrir su sorpresa con arrogancia.
—Señoras y señores, al parecer tenemos una participante. Nuestra empleada doméstica afirma que habla cinco idiomas.
Algunos sacaron sus teléfonos. No para admirarla, sino para grabar el momento en que hiciera el ridículo.
—Sube al escenario —ordenó Augusto—. Demuéstralo.
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