Renata miró a doña Carmela. La anciana lloraba, pero se inclinaba suavemente.
Entonces Renata subió los escalones.
Tomó el micrófono con la mano herida y respiró.
—Buenas noches, señoras y señores. Mi nombre es Renata Ayala. He trabajado en esta casa desde que era niña. Esta noche, por primera vez, les pido que me vean.
El murmullo recorrió el salón como una corriente eléctrica. Su inglés era claro, elegante, seguro.
Sin detenerse, cambió al francés:
— Mesdames et messieurs, on m’a appris que les langues sont des portes. Ce soir, je vais ouvrir ces portes devant vous.
Un diplomático francés dejó la copa sobre la mesa, impresionado.
—Perfecto —susurró—. Su pronunciación es perfecta.
Renata continuó en alemán. Cada consonante sonó precisa, limpia, firme. Habló de las personas que pasan años escuchando mientras otros celebran, trabajando mientras otros reciben aplausos, aprendiendo mientras otros las consideran incapaces.
Los invitados habían dejado de sonreír.
Tres idiomas.
Augusto ya no parecía divertido.
Renata cerró los ojos y habló en árabe.
Aquella lengua era la voz de su padre. Era la canción que él le cantaba de niña; Era el secreto que compartían cuando el mundo parecía demasiado grande. Al escucharla, el embajador Contreras se puso lentamente de pie. Sus ojos se llenaron de una emoción inesperada.
—Cuatro —dijo, incapaz de contenerse—. Y un árabe extraordinario.
Augusto subió al escenario con el rostro rígido.
—Muy impresionante. Pero la apuesta era cinco.
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