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Humillada por mi ropa desgastada en la gala de éli…

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—Esta noche celebramos la excelencia —dijo Augusto, levantando una copa—. Celebramos a quienes tenemos la capacidad de cambiar el mundo.

Renata, que pasaba junto a una columna con una bandeja en las manos, sintió un dolor conocido. Para hombres como Augusto, el mundo lo cambiaban únicamente quienes aparecían en las fotografías. Nunca quienes barrían después de sus fiestas.

En la mesa principal se encontraba el embajador Ismael Contreras, un diplomático mexicano de larga trayectoria internacional. Durante su presentación, saludó a la audiencia en inglés, francés y árabe, provocando aplausos admirados.

—Tres idiomas —comentó Augusto riéndose—. Embajador, en esta sala no creo que nadie pueda superarlo.

—Hay personas extraordinarias que dominan cinco o más —respondió Contreras.

Augusto soltó una carcajada.

—¿Cinco? Le apuesto que entre estas cuatrocientas personas no hay una sola que pueda hablar cinco idiomas con verdadera fluidez. Y si aparece alguien capaz de demostrarlo, me arrodillo ante esa persona aquí mismo.

Algunos rieron. Otros aplaudieron. Nadie levantó la mano.

Renata sintió que los dedos se le humedecían alrededor de la bandeja.

Cinco.

Los mismos cinco idiomas que su padre le había regalado.

Quizás habría seguido caminando. Quizás habría enterrado aquella oportunidad junto a tantas otras. Pero un invitado se movió bruscamente, golpeó su brazo y una copa cayó al suelo.

Cuando el cristal se rompió, varias personas se rieron.

—Estas muchachas ni una bandeja pueden sostener —murmuró un empresario.

Augusto descendió del escenario, divertido por el espectáculo inesperado. Se acercó hasta quedar frente a Renata, que se había agachado a recoger los fragmentos.

—Vaya, parece que nuestra empleada quiere llamar la atención.

Más risas.

Entonces Augusto inclinó el rostro y, con crueldad juguetona, preguntó:

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