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Fingió estar en coma para descubrir quién la traicionaba, pero lo que su asistente le susurró al oído creyendo que nadie escuchaba la dejó sin aliento…

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Los ojos de Clare se abrieron.

No había confusión en ellos. No había la niebla del sueño. Eran dos orbes de acero frío, fijos en él con una intensidad que lo dejó sin aliento. La mujer en la cama no estaba perdida; estaba furiosa.

Lentamente, con un esfuerzo que hizo temblar su brazo, Clare levantó la mano hacia su rostro. Sus dedos rodearon el tubo del respirador que bajaba por su garganta.

—¡Espera! —gritó Ethan, lanzándose hacia el botón de llamada a la enfermera—. ¡No lo hagas, espera a los médicos!

Pero Clare no tenía tiempo para médicos. Con un movimiento brusco y doloroso que le provocó una arcada violenta, se arrancó el tubo. Tosió, un sonido rasposo y terrible, mientras sus pulmones recordaban cómo tragar aire por sí mismos.

—E… Ethan —su voz era lija, apenas un susurro gutural, pero era la voz más fuerte que él había escuchado jamás.

Ethan se quedó paralizado, con la mano a medio camino del botón.

—Clare… ¿me oyes?

Ella tragó saliva, haciendo una mueca de dolor, y giró la cabeza para mirarlo directamente.

—Lo he oído todo —dijo ella, cada palabra un esfuerzo titánico—. Cada palabra, Ethan. Sé lo que Richard está haciendo. Y sé lo que tú has hecho por mí.

Las lágrimas brotaron de nuevo en los ojos de Ethan, pero esta vez eran de incredulidad y alivio.

—Están arriba —dijo él—. La votación…

—Ayúdame a levantarme —ordenó ella, intentando incorporarse.

—No puede. Ha estado en coma nueve días. Sus músculos…

—¡He dicho que me ayudes! —gruñó ella, con ese fuego de autoridad que hacía temblar a los ejecutivos—. No voy a dejar que ese bastardo me robe mi empresa mientras estoy en bata de hospital. ¡Sácame de aquí!

En ese momento, un médico y dos enfermeras entraron corriendo, alertados por la desconexión de los monitores. Se detuvieron en seco al ver a la paciente, supuestamente comatosa, sentada en el borde de la cama, con las piernas colgando y una mirada asesina.

—¡Señora Whitmore! —exclamó el médico—. ¡Por favor, recuéstese! ¡Está sufriendo un trauma severo!

—Estoy sufriendo un motín corporativo, doctor —espetó Clare, aceptando el brazo que Ethan le ofrecía para ponerse de pie. Sus piernas temblaron violentamente bajo su peso, amenazando con ceder—. Si quiere ayudarme, consígame una silla de ruedas. Si no, apártese de mi camino.

El médico miró a Clare, luego a Ethan, y vio una determinación que ninguna medicina podía sedar. Hizo una señal a la enfermera.

Dos minutos después, el pasillo del piso ejecutivo estaba en silencio. Dentro de la sala de conferencias de cristal, Richard Crane estaba de pie en la cabecera de la mesa, sonriendo.

—Es una decisión difícil, lo sé —decía Richard, pasando un bolígrafo de oro entre sus dedos—. Pero Clare hubiera querido que la empresa sobreviviera. Al firmar esto, aseguramos el futuro. Por favor, procedamos con la votación para la destitución inmediata.

Las manos se alzaron. Una. Dos. Tres. La mayoría estaba a punto de conformarse. Richard sonrió, saboreando la victoria.

—Bien. Queda aprobado por…

¡BAM!

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