Las puertas dobles de la sala de conferencias se abrieron de golpe, golpeando las paredes con una violencia que hizo saltar a todos en sus sillas.
Richard se giró, molesto por la interrupción.
—¡Dije que no quería interrup…!
La frase murió en su garganta. Su rostro se drenó de todo color, volviéndose blanco como el papel. El bolígrafo de oro cayó de sus dedos y rodó por la mesa de caoba en un silencio absoluto.
En la puerta, empujada por un asistente despeinado pero orgulloso, estaba Clare Whitmore en una silla de ruedas. Llevaba una bata de hospital azul descolorida, tenía el cabello revuelto y marcas de cinta adhesiva en la cara donde habían estado los tubos. Parecía un espectro.
Pero cuando habló, su voz llenó la habitación.
—Continúa, Richard —dijo Clare, con una voz rasposa que sonaba como grava siendo arrastrada—. Estabas hablando de lo que yo “hubiera querido”. Por favor, ilumíname.
Nadie se movió. El aire parecía haberse congelado.
—C-Clare… —tartamudeó Richard, retrocediendo un paso—. N-nos dijeron que estabas… que era irreversible.
—Lo que es irreversible —dijo ella, haciendo un gesto a Ethan para que la empujara hasta la cabecera de la mesa— es lo que va a pasar en los próximos cinco minutos.
Ethan la colocó justo al lado de Richard. Clare, haciendo acopio de una fuerza sobrehumana, se agarró al borde de la mesa y, temblando visiblemente, se puso de pie. Ethan intentó ayudarla, pero ella levantó una mano para detenerlo. Necesitaban verla de pie.
—He estado despierta nueve días —dijo, barriendo la sala con la mirada. Vio la vergüenza en los ojos de Margaret. El miedo en los demás—. He escuchado cómo planeaban desmembrar mi trabajo. He escuchado cómo Richard mentía sobre mi salud mental. Y he escuchado cómo amenazaban al único hombre en este edificio que tiene más integridad en su dedo meñique que todos ustedes juntos.
Clare se giró lentamente hacia Richard, quien parecía querer desaparecer en el suelo.
—Estás despedido, Richard. Seguridad te escoltará fuera del edificio. Y si intentas contactar a algún cliente, mis abogados te perseguirán hasta que no te quede ni para pagar el autobús.
Richard intentó balbucear una defensa, pero la mirada de Clare lo cortó como una guillotina. Agachó la cabeza, recogió su maletín y salió de la sala bajo la mirada atónita de todos.
Clare se dejó caer de nuevo en la silla de ruedas, exhausta, sintiendo que la adrenalina la abandonaba. La sala estaba en un silencio mortal.
—La reunión ha terminado —susurró ella—. Mañana hablaremos de quién se queda y quién se va.
Ethan la sacó de la sala, lejos de las miradas, de vuelta a la seguridad del ascensor. En cuanto las puertas de metal se cerraron, Clare se derrumbó un poco, dejando que su cabeza cayera hacia atrás.
—¿Está bien? —preguntó Ethan, preocupado, arrodillándose a su lado.
Clare abrió los ojos y lo miró. Realmente lo miró, no como a un empleado, sino como a un igual.
—Gracias —dijo ella. Una palabra simple, pero cargada de un peso inmenso.
—Solo hacía mi trabajo, Clare.
—No —le corrigió ella suavemente, poniendo su mano sobre la de él—. Tu trabajo era llevar mi agenda. Lo que hiciste… eso fue lealtad. Eso fue humanidad. Y estuve ciega demasiado tiempo para no valorarlo.
El ascensor llegó a la planta baja.
—A partir de mañana, Ethan, ya no eres mi asistente —dijo Clare mientras la puerta se abría.
Ethan parpadeó, confundido y asustado por un segundo. —¿Me… me despide?
Clare sonrió, una sonrisa débil pero genuina, la primera que había mostrado en años.
—No, idiota. Te asciendo. Vas a ser mi Director de Operaciones. Necesito a alguien a mi lado en quien pueda confiar mi vida. Y parece que tú eres el único candidato calificado. Ah, y Ethan…
—¿Sí?
—Tráete a Emily a la oficina algún día. Me gustaría conocer a la razón por la que eres tan buen hombre.
Ethan sonrió, con los ojos brillantes, mientras empujaba la silla hacia la ambulancia que esperaba para llevarla de vuelta a su recuperación.
Clare Whitmore había tenido un accidente terrible, sí. Pero mientras el sol de la tarde le daba en la cara, se dio cuenta de que ese accidente la había salvado. Había tenido que romperse para poder reconstruirse, esta vez, con algo más fuerte que el control: con un corazón capaz de reconocer a quienes realmente valen la pena.
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