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Fingió estar en coma para descubrir quién la traicionaba, pero lo que su asistente le susurró al oído creyendo que nadie escuchaba la dejó sin aliento…

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—Quieren que firme una declaración —le contó Ethan una tarde, con la voz temblando de ira y miedo—. Richard redactó un documento diciendo que usted había estado actuando de manera errática antes del accidente. Quiere declarar que usted no estaba en sus cabales para justificar una toma de poder inmediata. Me dijo que si firmo, tendré un puesto asegurado y un aumento. Si no… dijo que se aseguraría de que nadie en esta ciudad vuelva a contratarme.

Clare escuchó el miedo real en la voz de su asistente. Sabía que Ethan vivía al día. Sabía que Emily necesitaba aparatos dentales y que él estaba ahorrando para su educación. Richard estaba apuntando a la yugular: su hija.

—Tengo miedo, Clare —confesó Ethan en la penumbra de la habitación—. No sé qué hacer. Si pierdo este trabajo, no sé qué pasará con Emily. Pero… —respiró hondo—. No puedo firmar esa mentira. Usted fue dura, exigente y a veces fría, pero nunca fue errática. Fue la persona más brillante que he conocido. No voy a venderla, aunque me cueste todo.

Esa noche, Clare no durmió, o al menos, su mente no descansó. La lealtad de Ethan no era una estrategia; era un sacrificio. Él estaba dispuesto a saltar al vacío por ella. La culpa la golpeó con fuerza. Había subestimado el poder de la decencia humana. Se prometió a sí misma que, si salía de esta, nada volvería a ser igual.

El noveno día, la atmósfera en el hospital cambió. Había una electricidad tensa en el aire.

Clare escuchó pasos apresurados en el pasillo, voces elevadas y el sonido de puertas cerrándose. Su cuerpo estaba listo. Había estado practicando micro-movimientos bajo las sábanas cuando las enfermeras no miraban. Flexionaba los dedos de los pies, tensaba los músculos de las piernas. Dolía, dolía como si sus músculos fueran de cristal molido, pero el dolor era combustible.

La puerta de su habitación se abrió de golpe. No fue una entrada suave. Fue desesperada.

Ethan entró, con el rostro pálido y el cabello despeinado. Parecía un hombre que acababa de correr una maratón. Cerró la puerta tras de sí y se acercó a la cama, respirando con dificultad.

—Lo siento, Clare —dijo, y su voz se quebró en un sollozo seco—. Lo siento mucho. Han adelantado la votación. Es ahora. En diez minutos. Richard ha convencido a la junta de que es una emergencia médica y corporativa. Van a destituirla por incapacidad permanente.

Ethan se agarró a la barandilla de la cama, bajando la cabeza.

—Intenté entrar. Intenté detenerlos, mostrarles los informes reales, pero Richard me hizo sacar por seguridad. Me ha despedido, Clare. Se acabó. Van a firmar los papeles y… y yo no pude protegerla. Les he fallado.

El silencio en la habitación fue absoluto por un segundo. Ethan lloraba silenciosamente, derrotado, creyendo que hablaba con una mujer que nunca escucharía su disculpa. Él creía que era el final.

Pero para Clare, era el momento exacto por el que había estado esperando.

— __

El sonido fue pequeño, pero en el silencio sepulcral de la habitación, resonó como un disparo.

Fue el sonido de una mano moviéndose sobre las sábanas almidonadas.

Ethan levantó la cabeza, con los ojos rojos y confundidos. Vio la mano de Clare, pálida y llena de vías intravenosas, cerrarse en un puño firme.

—No… —susurró él, sin atreverse a creerlo.

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