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Fingió estar en coma para descubrir quién la traicionaba, pero lo que su asistente le susurró al oído creyendo que nadie escuchaba la dejó sin aliento…

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El accidente no solo destrozó el coche de Clare Whitmore; destrozó la armadura que había tardado veinte años en construir.

En la unidad de cuidados intensivos, el único sonido era el silbido mecánico del respirador y el pitido constante del monitor cardíaco. Para el mundo exterior, Clare, la temida CEO de Industrias Whitmore, estaba en un coma profundo, una cáscara vacía mantenida con vida por máquinas. Los médicos hablaban de “traumatismo severo” y “pocas esperanzas”. Pero había una verdad que ningún escáner médico podía detectar: Clare estaba despierta.

Su mente, atrapada en un cuerpo que se negaba a responder, estaba tan afilada como siempre. Al principio, el pánico la inundó. Intentó gritar, mover un dedo, abrir los ojos, pero la parálisis era un peso de plomo sobre su ser. Sin embargo, tras el pánico inicial, llegó una claridad fría y calculadora. Podía oír. Podía sentir. Y, por primera vez en años, tenía la oportunidad de ser un fantasma en su propia vida.

Clare había construido su imperio sobre una premisa simple: la confianza es un lujo que los poderosos no pueden permitirse. En la sala de juntas, era una depredadora; en la vida, una mujer solitaria rodeada de tiburones que sonreían mientras esperaban ver sangre en el agua. Ahora, inmóvil en esa cama de hospital, tomó una decisión. No lucharía por despertar todavía. Se quedaría en la oscuridad un poco más. Escucharía. Vería quiénes eran realmente las personas cuando creían que la “Reina de Hielo” ya no sostenía el látigo.

Las primeras visitas confirmaron sus peores sospechas.

Richard Crane, un miembro del consejo directivo cuya ambición solo era superada por su arrogancia, llegó al segundo día. No vino solo; trajo a Margaret, otra ejecutiva. No hubo palabras de consuelo, ni siquiera un momento de silencio respetuoso.

—Es una tragedia —dijo Richard, con un tono tan falso que Clare quiso vomitar—. Pero debemos ser prácticos, Margaret. El mercado huele la debilidad. Si no actuamos rápido, las acciones se desplomarán.

—¿Qué sugieres? —preguntó Margaret, con la voz temblorosa.

—Una reestructuración —respondió él con frialdad—. Clare tenía demasiado control. Es hora de dividir sus responsabilidades. Honestamente, es lo mejor que podría pasar. Su estilo de liderazgo se estaba volviendo… obsoleto. Hablaremos del “legado” de Clare en el comunicado de prensa, por supuesto. A la gente le encantan los mártires.

Clare sintió una furia volcánica arder en su pecho, pero su monitor cardíaco mantuvo un ritmo constante, traicionando nada. Richard ya la estaba enterrando, repartiéndose los pedazos de la empresa que ella había levantado desde la nada con sudor y lágrimas.

Pero entonces, la puerta se abrió de nuevo, y el aire en la habitación cambió.

Eran pasos diferentes. Vacilantes. Suaves.

Era Ethan Brooks.

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