Todos los días, sin faltar a ninguno, Gabriela y Caio iban en coche hasta el cementerio.
No importaba si llovía. No importaba si Caio tenía una reunión de directorio con inversionistas de tres países, o si Gabriela apenas había dormido. Al final de cada tarde, cuando la luz de São Paulo se tornaba dorada como la miel y el viento empezaba a refrescarles la piel, se iban, como dos personas obedeciendo una ley escrita con dolor.
Recorrieron el mismo sendero a través del Cementerio Morumbi, entre hileras de piedra pulida y árboles tranquilos, hasta llegar a la misma tumba. El mismo nombre grabado en la misma losa.
ALICE ALMEIDA
“Nuestra guerrera de la luz.”
Tres años.
Tres años de dolor. Tres años de hablarle a una lápida como si pudiera responder. Tres años de llevar flores frescas y limpiar el polvo de cartas frías, como si la ternura pudiera llenar el vacío que deja un hijo.
Gabriela siempre se arrodillaba primero. Limpiaba el mármol con la punta de la manga, con cuidado y reverencia, como si rozara la mejilla de su hija. Hablaba en voz baja, contándole a la piedra cosas que sonaban ridículas a cualquiera que la escuchara: lo que había cocinado ese día, una anécdota graciosa que vio en internet, un sueño en el que Alice reía, corría y volvía a tomarle la mano.
Caio rara vez hablaba. Se mantenía algo apartado, con la mandíbula apretada y la mirada fija en el nombre. La gente pensaba que era fuerte porque no lloraba en público. Pero la fuerza no era lo que lo mantenía en pie.
La culpa lo hizo.
Su riqueza era de esas que se leen en las revistas de negocios. Poseía empresas en constante expansión: nuevos edificios, nuevos contratos, nuevos titulares. Su mansión en Alphaville lo tenía todo: techos altos, una piscina que reflejaba el cielo, paredes revestidas de arte. Pero tras el "accidente" de Alice, la casa se convirtió en un museo de cosas sin importancia. Un palacio construido alrededor de una ausencia.
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