PARTE 1
El sol de la mañana golpeaba con fuerza la tierra seca del modesto rancho en las afueras de Oaxaca. Don Mateo, a sus 88 años, caminaba con paso lento pero firme entre las hileras de agave y maíz. Sus manos, agrietadas por décadas de trabajo de campo, acariciaban las hojas mientras supervisaba la cosecha. Acompañado siempre por su fiel perro mestizo, Sombra, Mateo disfrutaba de la paz de su retiro. Atrás habían quedado sus turbulentos años como líder social, preso político por 12 años y, finalmente, un respetado gobernador que se ganó el título del político más humilde de México por negarse a vivir en la residencia oficial, donar casi todo su sueldo y seguir conduciendo su viejo Volkswagen modelo 1995.
Mientras preparaba un café de olla y calentaba unas tortillas en su cocina de adobe, su teléfono celular sonó. Era Diego, un joven y tenaz periodista con quien mantenía una relación de profundo respeto.
—Don Mateo, perdone que lo moleste a las 7 de la mañana —dijo el muchacho, con voz agitada—. Estoy investigando la pobreza extrema y el desvío de fondos para adultos mayores en la sierra, y encontré algo que lo involucra directamente a usted.
Mateo frunció el ceño, sirviendo un poco de pan a Sombra. —¿De qué hablas, muchacho?
—Encontré a una señora llamada Carmen Ruiz. Tiene 86 años. Vive en condiciones inhumanas en una choza de cartón y lámina en el municipio de San Juan. Durante mi entrevista, me mostró una fotografía del año 1956. Dijo que usted fue su primer gran amor, mucho antes de que la política los separara.
El nombre golpeó el pecho de Mateo como un impacto físico. Carmen. La joven de trenzas oscuras, estudiante de magisterio, con la que soñaba cambiar al país cuando ambos tenían apenas 20 años. Su romance fue profundo, truncado abruptamente cuando los caminos de la lucha social lo llevaron a él a la clandestinidad y a ella a una vida convencional.
—¿Cómo está ella? —preguntó Mateo, con un nudo formándose en su garganta.
—Ese es el problema, señor. No es solo pobreza rural. Carmen es víctima de un abuso familiar asqueroso. Hace 10 años, cuando su esposo falleció, los 4 hijastros de Carmen la echaron a la calle por pura avaricia. Ellos controlan el municipio. La obligaron a vivir en un antiguo chiquero de cerdos sin agua ni luz en los límites de su gran hacienda, y cada mes le roban el dinero de su pensión del gobierno bajo amenazas. Ahora mismo, los hombres del alcalde me están rodeando por estar aquí grabando.
La sangre de Mateo hirvió. Aquel hombre sereno sintió una rabia antigua e indomable. Colgó el teléfono y llamó inmediatamente a su esposa, Elena, una poderosa y respetada senadora en la capital. Le explicó la situación.
—Voy para allá ahora mismo —sentenció Mateo.
A las 13 horas, tras un largo viaje por caminos de terracería, Mateo y su chofer llegaron al lugar. La escena era desoladora. Al lado de una imponente hacienda, se alzaba una choza putrefacta. Carmen salió de allí, encorvada, pero con los mismos ojos brillantes de hace 66 años. Mateo sintió que el alma se le partía. Pero antes de poder abrazarla, 3 camionetas blindadas derraparon levantando una nube de polvo, bloqueando la única salida. De ellas bajaron los hijastros, liderados por el alcalde, gritando insultos, empuñando armas largas y dispuestos a destruir la cámara del periodista y golpear a los ancianos que se atrevían a entrometerse. Sus miradas estaban llenas de odio, pero no tenían idea de a quién tenían enfrente. Es increíble lo que está a punto de suceder…
PARTE 2
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