Peter Long encajaba perfectamente en ese perfil, y Susan Long era aún peor porque había convertido la crueldad en un hábito.
En el hospital, los médicos confirmaron que Megan sobreviviría, aunque por poco, describiendo fracturas, hematomas y la necesidad de una cirugía inmediata.
Angela escuchaba como una madre, pero lo registraba todo como una fiscal que construye un caso pieza por pieza.
Una enfermera le preguntó si quería sentarse, pero Angela se negó y entró al baño, cerrando la puerta con llave tras de sí.
Abrió su bolso y sacó una pequeña caja de terciopelo que no había tocado en años, dejando al descubierto su antigua placa federal, desgastada pero cargada de recuerdos.
La sostuvo brevemente, luego la colocó contra su pecho, no por nostalgia sino para recordar exactamente quién había sido siempre.
Marcó un número que no estaba guardado en ninguna lista de contactos familiares, y contestó Oscar Greene, quien ahora dirigía una unidad táctica metropolitana tras haber aprendido bajo su tutela.
—Angela —dijo con sorpresa—, si llamas a estas horas, es que ha ocurrido algo grave.
—Alguien cometió el peor error de su vida —respondió con calma, enumerando los cargos con una claridad que no dejaba lugar a dudas.
Lo explicó todo con detalle, desde la aventura amorosa hasta la agresión y la humillación calculada.
—¿Dónde están ahora? —preguntó Oscar.
—En su mesa del comedor —respondió Angela—. Sirviendo vino caro y fingiendo que no había pasado nada.
Oscar comprendió de inmediato que esto requería algo más que un arresto, porque la influencia podía sepultar la verdad más rápido que cualquier mentira.