Mateo mejoró un poco con rutinas nuevas. Una lámpara de noche. Un cuento antes de dormir. Revisar juntos que las puertas de los clósets estuvieran abiertas. Pero seguía preguntando:
—¿La abuela Lety sabe dónde vivimos?
Yo siempre respondía:
—No va a entrar aquí, mi amor.
Pero yo misma no estaba segura.
Una tarde, mientras preparaba la cena, escuché un auto pasar lento frente a la casa. Miré por la ventana. Era el coche de Leticia.
No se detuvo. Solo avanzó despacio, como si estuviera midiendo la distancia entre nuestra puerta y la calle.
Llamamos a la policía. También al abogado.
—Esto ayuda al caso —nos dijo—. Pero refuercen seguridad.
Instalamos cámaras.
Dos días después, nos concedieron la orden temporal. Leticia no podía acercarse, contactarnos ni intentar ver a Mateo.
Pensé que eso la frenaría.
Me equivoqué.
La mañana siguiente apareció un paquete en el porche. No tenía remitente. Solo nuestros nombres escritos con la letra inclinada de Leticia.
Andrés lo abrió con guantes. Dentro había un álbum de fotos titulado: “Recuerdos con mi abuela”.
Se me revolvió el estómago.
Había fotos de cumpleaños, comidas familiares, paseos. Pero también había imágenes que yo nunca había visto: Mateo dormido en el sillón de Leticia, Mateo en pijama, Mateo sentado en el piso mientras ella lo observaba desde arriba.
Al final venía una nota:
“Algún día Mateo sabrá quién lo alejó de la persona que más lo amaba. Ustedes van a pagar por romper esta familia. Él los va a odiar.”
Llamé al abogado. Luego a la policía. El paquete fue recogido como evidencia.
Esa noche, Andrés no habló durante casi una hora. Solo miraba la mesa, con los puños cerrados.
—Yo la defendí años —dijo al fin—. Te pedí paciencia. Le entregué a nuestro hijo.
—No fue tu culpa.
—Sí lo fue. Yo conocía sus arranques. Solo no quise verlos.
Antes de dormir, Mateo entró a nuestra habitación abrazando su dinosaurio de peluche.
—Soñé que la abuela tocaba la puerta —dijo.
Andrés se arrodilló frente a él.
—Hijo, nadie va a dejar que te haga daño otra vez. Te lo prometo.
Mateo lo miró con una seriedad que ningún niño de cuatro años debería tener.
—¿Y si se enoja más?
No supe qué decir.
La audiencia para hacer permanente la orden quedó programada para la semana siguiente. Leticia decidió impugnarla. Su abogado alegaba que todo era una exageración, que mi mamá había sido la agresora, que un “tiempo fuera” no podía destruir una familia.
Pero nosotros teníamos audios, capturas, cámaras, declaraciones y el paquete.
Creímos que en la corte por fin todo quedaría claro.
Lo que no imaginábamos era que Leticia llegaría dispuesta a llorar, mentir y culpar incluso a un niño asustado…
PARTE 3
Leticia llegó al juzgado vestida de blanco.
Blanco impecable, como si quisiera parecer inocente antes de abrir la boca. Llevaba un pañuelo doblado en la mano, el cabello perfectamente peinado y una expresión de mártir que me hizo apretar los dientes.
Mi mamá se sentó a mi lado. Andrés estaba del otro. Mateo no fue, por recomendación de la psicóloga. Gracias a Dios.
El abogado de Leticia empezó diciendo que todo había sido una “confusión familiar”. Que las abuelas a veces corregían distinto. Que mi mamá había entrado a una casa ajena y había agredido a una mujer mayor.
Cuando dijo “mujer mayor”, mi mamá soltó una risa seca.
Luego llamaron a Leticia.
Subió al estrado llorando antes de que le preguntaran nada.
—Yo amo a mi nieto —dijo—. Lo amo más que a nada. Solo quise enseñarle respeto. Ahora me tratan como criminal.
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