Nuestro abogado se puso de pie.
—Señora Leticia, ¿encerró usted a Mateo en el clóset bajo las escaleras?
Ella bajó la mirada.
—Fue un momento.
—¿Con la luz apagada?
—No recuerdo.
—¿Cerró la puerta?
—Sí, pero…
—¿El niño estaba llorando cuando la señora Elena lo encontró?
Leticia tragó saliva.
—Los niños lloran por todo.
Sentí que la sangre me hervía.
El abogado reprodujo uno de sus mensajes de voz.
“Lo están criando como un mocoso. Alguien tenía que enseñarle disciplina.”
Luego mostró la publicación de Facebook. La nota del álbum. Las imágenes del coche pasando frente a nuestra casa. La llamada desde un número desconocido donde decía:
“Te vas a arrepentir, Andrés. Ese niño es mi sangre.”
El juez permanecía serio, tomando notas.
Cuando mi mamá declaró, no lloró. Eso hizo su testimonio más fuerte.
—Yo abrí ese clóset y vi a mi nieto hecho bolita —dijo—. No estaba haciendo berrinche. Estaba aterrado. Me pidió que no apagara la luz. Ninguna abuela que ama a un niño lo deja así.
Luego Andrés habló.
—Durante años pensé que mi madre era difícil, pero inofensiva. Me equivoqué. Hoy mi prioridad es mi hijo. No voy a poner la comodidad de una adulta por encima de la seguridad de un niño.
Leticia empezó a sollozar más fuerte.
—¡Me lo quitaste! —le gritó—. ¡Tu esposa te llenó la cabeza!
El juez le pidió silencio.
Después de casi dos horas, falló a nuestro favor. La orden de restricción se volvió permanente por el tiempo establecido por la ley, con prohibición de contacto directo o indirecto. Cualquier intento de acercarse a Mateo sería reportado.
Leticia salió furiosa. Su abogado tuvo que sujetarla del brazo.
Yo pensé que al menos tendríamos paz.
Duró menos de veinticuatro horas.
Al día siguiente publicó otra vez en Facebook:
“Un juez injusto me separó de mi nieto. Nunca dejaré de luchar. La sangre llama.”
Mandamos capturas al abogado.
Una semana después, un vecino nos avisó que Leticia había vuelto a pasar frente a la casa. Las cámaras lo confirmaron. La policía intervino. Fue arrestada por violar la orden.
Salió días después.
Volvió a mandar cartas.
En una escribió:
“Mateo crecerá y sabrá que ustedes le robaron a su verdadera familia.”
En otra:
“Dios juzga a quienes separan abuelas de nietos.”
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