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En mi cumpleaños, mi esposo me escribió que trabajaría hasta tarde… mientras yo lo veía besar a otra mujer en un restaurante de Guadalajara. Lo que descubrí después no fue solo una infidelidad, sino un plan cruel para borrarme de mi propia vida y quedarse con todo…

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De pronto recordé que, en otros años, al menos fingía entusiasmo. Un ramo sencillo. Una reserva mal hecha. Un regalo escogido a las carreras. Lo suficiente para salvar las apariencias. Esta vez ni eso.

Tomé mi taza, le di un sorbo y sentí el sabor amargo instalarse en la lengua.

“Ya estás haciendo drama por nada”, me dije.

Era una frase que me repetía a menudo los últimos meses, y ahora sé que eso también era parte del problema. Había empezado a dudar de mí misma en cosas pequeñas. De mis sospechas. De mi memoria. De mis impresiones. Cada vez que algo no me cuadraba, aparecía dentro de mí una vocecita a disculparlo todo. El tráfico. El estrés. La edad. El trabajo. Mi propio cansancio.

Aquella tarde, sin embargo, la incomodidad no se fue.

Así que hice algo que no solía hacer.

Dejé la taza a medias, agarré mi bolsa, me puse un suéter delgado —porque las noches en Guadalajara pueden enfriar más de lo que una calcula— y salí sin avisarle a nadie.

No tenía un plan.

Solo manejé.

Las avenidas iban llenándose de luces. El tráfico de la hora pico avanzaba a tirones, con el nerviosismo habitual de la ciudad: camiones aventando humo, motociclistas colándose entre carriles, vendedores en los semáforos con cajitas de chicles o ramos improvisados. Yo iba con las manos firmes en el volante, pero por dentro sentía algo parecido a una fiebre.

No sabía qué estaba buscando.

Solo sabía que no podía quedarme en mi cocina esperando a un hombre que ya ni siquiera sabía fingir.

Terminé frente a un restaurante que Raúl y yo conocíamos bien. Uno de esos lugares en Providencia donde la gente celebra aniversarios, cierra negocios o va a pedir perdón con vino caro y buena iluminación. Habíamos ido muchas veces: con clientes, con parejas amigas, con mis suegros cuando todavía vivían. Era un restaurante que, en otra época, me había hecho sentir parte de una vida estable.

Me quedé un momento en el coche con el motor apagado.

Miré la fachada iluminada, los ventanales tibios, los autos estacionados.

“Estás haciendo el ridículo, Adriana”, pensé. “¿Qué crees que vas a encontrar?”

Pero ya había llegado demasiado lejos como para dar la vuelta.

Entré.

El olor me golpeó primero: carne asada, mantequilla, vino tinto, perfume caro y madera pulida. Ese tipo de mezcla que solo existe en los restaurantes donde la gente se viste un poco mejor de lo normal porque quiere convencerse de que está viviendo una noche importante.

La hostess me sonrió con educación entrenada.

—Buenas noches. ¿Mesa para cuántas personas?

—Para una —respondí.

Hubo esa pausita mínima, casi imperceptible, que la gente hace cuando trata de esconder la lástima.

Me condujo hasta el fondo, cerca de una pared de madera oscura. Una mesa discreta, medio escondida, ideal para alguien que no quería llamar la atención. Me senté, abrí el menú y fingí leer.

No estaba leyendo.

Estaba oyendo.

El tintineo de las copas. Una carcajada al fondo. El sonido suave del piano grabado. El roce de tacones sobre el piso. Las voces mezcladas en un murmullo elegante.

Y entonces escuché una risa.

Corta. Un poco ronca. Como un carraspeo contenido.

La reconocí de inmediato.

Levanté la vista despacio.

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