No moverme por impulso.
No decirle nada a Natalia todavía si no tenía el panorama completo.
—Los hijos a veces se vuelven mensajeros de la manipulación sin querer —dijo—. Uno les cree a los padres antes que a las pruebas, hasta que las ve.
Eso también dolió.
Porque supe de inmediato que tenía razón.
Salí del despacho casi al mediodía. La ciudad estaba viva, como si mi mundo no acabara de abrirse en canal. Pasé por un café y me senté sola frente a una ventana, sin hambre, sin ganas de nada que no fuera entender.
Ahí me llamó Esteban.
—¿Cómo te fue?
—Peor y mejor —respondí—. Peor porque ya sé que no estaba imaginando nada. Mejor porque ahora sé por dónde empezar.
Escuché que exhalaba del otro lado.
—Yo también tengo algo.
Me enderecé.
—¿Qué pasó?
—Mi investigador siguió a Verónica otra vez. Va a haber una reunión el sábado.
—¿Una reunión?
—Más bien una presentación —dijo con amargura—. Una especie de fiesta privada.
Tardé un segundo en entender.
Y cuando entendí, sentí que la sangre me hervía.
—¿Presentación de qué?
—De ellos —respondió—. Como pareja.
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