El peso de unas pocas palabras
En los días siguientes, sus palabras resonaron en mi mente una y otra vez. Recordé los años que pasé cuidando a la familia. Las conversaciones que Ricardo y yo teníamos sobre la crianza: yo era quien ponía límites, él quien consolaba. Entonces recordé algo más importante.
La voluntad.
Una semana después del funeral, me senté sola en mi oficina en casa, con los documentos legales desplegados frente a mí. Cerré la carpeta lentamente, sabiendo que cualquier decisión que tomara cambiaría para siempre mi relación con mi hija.
Ricardo y yo habíamos firmado el testamento cinco años antes. La casa, los dos apartamentos de alquiler y la mayor parte de los ahorros estaban bajo mi administración. La parte de Lucía se liberaría cuando cumpliera veinticinco años, siempre y cuando mantuviera una relación respetuosa con la familia.
Esa cláusula había sido idea de Ricardo.
Me reuní con nuestro abogado, Héctor Salgado, un hombre que conocía bien la historia de nuestra familia. Le conté lo sucedido en el funeral. Me escuchó sin interrumpirme.
“Según la ley”, dijo al final, “puedes aplazar la herencia si no se cumplen las condiciones establecidas por tu marido”.
No sentí satisfacción. Solo un profundo vacío.
Aun así, seguí adelante.
La decisión
Llamé a Lucía y le pedí que viniera. Dos días después, se sentó frente a mí en la mesa del comedor donde se había criado. No me abrazó. No me saludó.
—He decidido que no recibirás la herencia por ahora —dije con calma—. Lo que dijiste en el funeral fue una grave falta de respeto.
Ella se puso de pie de un salto.
—¿Se trata de dinero? —espetó—. Siempre has querido controlarlo todo.
—Se trata de consecuencias —respondí—. Tus palabras fueron una traición.
Por primera vez, su confianza se quebró.
“¿Sabes lo que se siente cuando tu propia madre se vuelve contra ti?” susurró.
La miré.
—Sí —dije—. Me lo enseñaste en el funeral de tu padre.
Ella cerró la puerta de golpe.