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En el funeral de mi marido, mi hija me miró directamente a los ojos y dijo, delante de toda la familia: “Tú deberías ser quien esté dentro del ataúd, no papá”.

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El día que enterramos a Ricardo Valverde, mi esposo durante veintisiete años, el aire en el cementerio de San Isidro se sentía demasiado pesado para respirar. Vestía de negro, con las manos entrelazadas para ocultar el temblor que no podía controlar. Ricardo murió repentinamente, víctima de un infarto, y el dolor seguía siendo tan profundo que me dejó sin fuerzas.

A nuestro alrededor estaban sus familiares, algunos primos lejanos y nuestra hija, Lucía. Tenía veintidós años. Siempre había sido de carácter fuerte, pero ese día había algo extraño en su mirada.

Yo no estaba llorando.
Ella me estaba mirando.

Cuando el sacerdote terminó de hablar y el silencio se apoderó del lugar, Lucía dio un paso al frente. Nadie la llamó. Simplemente caminó hasta pararse frente al ataúd. Todos permanecieron paralizados.

Luego, con voz tranquila y fría, lo suficientemente alta para que todos la oyeran, dijo:

Deberías estar ahí. No papá.

Sentí que el mundo daba vueltas.
Alguien ahogó un grito. Mi cuñada se tapó la boca con la mano. Miré a mi hija, incapaz de decir una sola palabra. Ella no apartó la mirada, como si me retara a responder.

Es posible que haya una imagen de una o más personas y un texto que diga:
“Ricardo Valverde 1964–2021 Ricardo Valverde”

Pero no lo hice.

Bajé la mirada y me tragué todo lo que quería decir. Sabía que si reaccionaba, solo convertiría mi dolor en un espectáculo público. El resto de la ceremonia transcurrió bajo una densa nube de tensión. Lucía se alejó y nunca volvió a acercarse a mí.

El peso de unas pocas palabras

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