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Ella llegó al divorcio con un recién nacido — el m…

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No lloró cuando tuvo que armar la cuna de Nicolás ella misma a los 7 meses de embarazo, porque se negaba a pedirle ayuda a nadie. Ni siquiera lloró cuando los dolores de parto la golpearon a las 2 de la mañana y su vecina, la señora Aguilar, tuvo que llevarla a toda prisa al hospital mientras Elena se aferraba al cinturón de seguridad y susurraba oraciones entre cada contracción.

Pero ahora sentada en el pasillo de este lujoso bufete de abogados con su bebé durmiendo plácidamente en sus brazos y la batalla legal finalmente encaminada se quebró por completo. Margarita se sentó a su lado en silencio, ofreciéndole su presencia como único consuelo. plena lloró sin emitir ningún sonido, con las lágrimas rodando por sus mejillas y cayendo sobre la manta azul de su hijo.

Lloró por la mujer que solía ser por el matrimonio, por el que luchó con uñas y dientes, por el esposo que se había convertido en un completo extraño y por el hijo que merecía algo mucho mejor que ser tratado como una complicación legal en un contrato de divorcio. Al otro lado del pasillo, ocultas cerca de las puertas de los sanitarios, Beatriz Sandoval observaba la escena.

Había escuchado lo suficiente y había visto más de lo que su orgullo podía soportar. Por primera vez, desde que conoció a Alejandro Vega, se preguntó seriamente si había confundido la riqueza con la seguridad y el poder con el carácter. Beatriz no siempre había sido una mujer cruel. Era ambiciosa y orgullosa, así, pero no carecía totalmente de corazón.

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