Alejandro le había contado una versión distorsionada de la realidad. Le dijo que Elena era emocionalmente inestable, que el matrimonio llevaba años muerto y que ella se negaba a dejarlo ir simplemente porque amaba el estilo de vida lleno de lujos que él le proporcionaba. le dijo que Elena era manipuladora dramática y codiciosa.
Beatriz le creyó porque le resultaba conveniente creerle. Eso le permitía amarlo sin sentir el peso de la culpa. Pero la mujer que acababa de ver en la sala de juntas no era codiciosa ni manipuladora. Era una mujer exhausta, herida profundamente y que sostenía a un recién nacido, cuyo padre había elegido la negación y el robo antes que la responsabilidad.
Beatriz regresó a la sala de conferencias antes que nadie. Alejandro estaba de pie frente a la ventana hablando con ira por teléfono con alguien de su equipo. Ordenaba que averiguaran a toda costa cómo la abogada de Elena había obtenido esos documentos confidenciales. Beatriz se quedó helada al escuchar lo que Alejandro dijo a continuación, que si Elena seguía presionando con el asunto del viñedo, la hundirían.
dio instrucciones de utilizar la presión por la custodia y de fabricar reclamos de inestabilidad médica postparto para hacerla parecer una madre incapaz y abrumada. Beatriz retrocedió lentamente, sintiendo que el estómago se le revolvía de náuseas. Eso no era estrategia empresarial ni legal.
Eso era crueldad pura y dura contra una mujer que acababa de dar a luz a su propio hijo. Se marchó del edificio antes de que él pudiera verla con una decisión tomada en su mente. Esa noche, Elena regresó al pequeño departamento que había alquilado en una zona sencilla de la ciudad después de abandonar la mansión de las lomas. No se parecía en nada al mundo de cristal de Alejandro.
Las paredes eran lisas y blancas, la cocina era estrecha y el calentador hacía un ruido extraño durante la noche. En la sala solo había un sofá de segunda mano, una mecedora para amamantar y el Moisés de Nicolás junto a la ventana. Pero a pesar de la sencillez, el lugar rebosaba de una paz que no tenía precio. No había pasos fríos en el pasillo a medianoche, ni rastro de perfumes ajenos en las camisas, ni silencios diseñados para castigarla.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»