"Estoy recibiendo ayuda", dijo. "Gente que sabe cómo mantenerte a salvo. No estarás solo".
Esa tarde llegó una trabajadora social. Sandra, tranquila y firme, les hizo preguntas amables primero (dibujos animados favoritos, comidas favoritas) antes de guiarlos hacia las partes difíciles. Enzo habló con una claridad contenida que le dio ganas de gritar a Marcelo. Cecília apenas susurró: «Pensé que nos quedaríamos ahí fuera para siempre», y Marcelo sintió que las lágrimas volvían a arderle en los ojos.
Sandra lo documentó todo. Fotografió los mensajes. Prometió acción, y Marcelo se aferró a esa promesa como a una cuerda.
Luego, más tarde, apareció un sobre en la recepción del hotel.
Sin remitente. Solo una frase impresa en el interior:
No deberías haberte involucrado.
Marcelo miró el papel hasta que las letras se desdibujaron. La amenaza era silenciosa, pero la intención era clara.
Esa noche se cambió de hotel, se registró con otro nombre, pagó en efectivo y mantuvo a sus hijos cerca. Reportó la nota. Notificó a Sandra. No les contó a Enzo y Cecília todos los detalles, porque la infancia no debería tener miedo de los adultos, pero sí les repitió una y otra vez hasta que las palabras empezaron a calarles en el cuerpo.
"Estoy aquí", dijo. "No me voy".
El sistema avanzó, lento pero seguro. A Patrícia se le ordenó someterse a una evaluación y recibir tratamiento continuo. Se restringió el contacto con los niños. Los investigadores comenzaron a rastrear a R. Marcelo obtuvo la custodia temporal, y con ella vino algo más pesado que el papeleo: la responsabilidad diaria de reconstruir dos pequeños corazones que habían aprendido que el mundo podía volverse en su contra.
Marcelo hizo lo único que no había hecho lo suficiente antes: quedarse.
Estaba atento a las pesadillas y se sentaba en la cama de Cecília cuando se despertaba llorando, tomándole la mano hasta que su respiración se calmaba. Respondía las preguntas de Enzo con honestidad, sin falsos consuelos. Encontró un terapeuta que comprendía el trauma infantil. Los matriculó en un jardín de infantes más pequeño. Habló con los profesores y les pidió paciencia.
Y un día, cuando Sandra le preguntó si pensaba regresar a la mansión, Marcelo se sorprendió de lo rápida que llegó la respuesta.
—No —dijo—. Esa casa está llena de fantasmas.
La vendió. La fortaleza que había fracasado. Alquiló algo más pequeño, luminoso, lleno de sol. Una casa con ventanas que se abrían y un patio donde la risa podía habitar.
La primera vez que Cecília estuvo en su nuevo dormitorio, se quedó mirando el espacio vacío como si no confiara en él.
“¿Esto es mío?” preguntó ella, casi sin voz.
Marcelo se arrodilló, la miró a los ojos y le habló con una firmeza que era como una promesa. «Es tuya. Y nadie te volverá a dejar afuera».
Su sonrisa era pequeña, tentativa, pero era real.
Pasaron los meses. La sanación no llegó como un milagro. Llegó como las mañanas, una a la vez. Enzo volvió a hablar de cosas normales. Cecília empezó a comer sin acaparar. Los estremecimientos se suavizaron. El constante escrutinio de las puertas se alivió.
Una tarde, casi seis meses después de la noche lluviosa que lo cambió todo, Marcelo estaba en el patio trasero observando a sus hijos construir un fuerte de mantas con sillas y sábanas. Se rieron —risas de verdad, sin rechistar—, haciendo vocecitas dentro de su pequeña tienda de campaña, como si el mundo por fin fuera lo suficientemente seguro para jugar.
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