EL MILLONARIO REGRESÓ PARA SORPRENDER A SUS HIJOS… PERO LO QUE ENCONTRÓ CAMBIÓ TODO EN LA VIDA DE LA FAMILIA…
Se acercó, y a cada paso los detalles se agudizaban, desgarrando la negación. El cabello de Cecília se le pegaba a las mejillas, enredado con tierra y agua de lluvia. Su chaqueta rosa estaba rasgada en la manga. Tenía los pies descalzos, la piel en carne viva y salpicada de pequeños cortes. El abrigo oscuro de Enzo colgaba pesado por el agua, y la delgadez de sus piernas bajo él le revolvió el estómago a Marcelo. Había moretones —sombras violáceas sobre la piel pálida—, marcas que no debían estar allí.
No solo tenían frío. Estaban abandonados.
Marcelo se agachó frente a ellos. El agua se le acumulaba en las rodillas. No le importó. Examinó sus rostros buscando una explicación lógica, algo que le indicara que se trataba de un malentendido.
Cecília levantó la mirada. Tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, pero no habló. Tenía los labios agrietados. Su piel parecía casi translúcida, como si le hubieran drenado el calor.
Marcelo extendió la mano y le tocó la mejilla. Era hielo.
“Cecília… cariño…” Las palabras salieron temblorosas.
Enzo mantuvo la cabeza gacha, agarrando el pan como si fuera un salvavidas. Marcelo notó cuánto le temblaban las manos.
Tras ellos, la mansión permanecía en silencio. Las cortinas corridas. Las ventanas oscuras. Una puerta de madera que parecía sacada de una película sobre ricos que nunca salen lastimados.
Marcelo tragó saliva y sintió que se le cerraba la garganta hasta el punto de no poder respirar.
-¿Dónde está tu mamá?-preguntó suavemente.
La mirada de Enzo se dirigió a Cecília. Cecília miraba al suelo. El silencio se cernía sobre ellos, pesado como la lluvia.
La mirada de Marcelo captó un moretón en el brazo de Enzo, medio oculto bajo la manga empapada. Tiró suavemente de la tela hacia arriba y sintió un vuelco. Más marcas. Algunas recientes. Otras más antiguas, amarillentas en los bordes, como si el tiempo hubiera intentado desvanecerlas sin poder borrarlas.
Cecilia tenía el mismo tipo de hematoma en el brazo.
Marcelo dejó caer la manga, lentamente, como si el movimiento mismo pudiera destrozar lo que quedaba de él. Se obligó a respirar. Se obligó a mantener la calma porque el pánico no ayudaba a los niños; solo les enseñaba que el mundo se acababa.
Tomó la barbilla de Enzo con cuidado, como si el chico fuera a romperse. "Enzo, mírame".
Enzo parpadeó con fuerza, tragándose las lágrimas como quien acaba de descubrir que no le está permitido. Cuando por fin cruzó los ojos con Marcelo, había miedo en ellos; no solo miedo por lo sucedido, sino miedo de decirlo en voz alta.
—Dime —susurró Marcelo—. Dime qué pasó.
La boca de Enzo se abrió y luego se cerró. Sus hombros temblaron.
Marcelo lo sujetó por los hombros. «Necesito la verdad, ¿vale? ¿Dónde está Patrícia?»
Enzo inhaló como si le doliera. Luego lo dijo, pequeño y avergonzado, como si las palabras pertenecieran a otra persona.
“Mamá nos dejó afuera, papá”.
Marcelo sintió que la sangre se helaba.
—¿Te dejé afuera? —Su voz se alzó sin poder contenerse—. ¿Cuándo? ¿Por cuánto tiempo?
La mirada de Enzo volvió a posarse en Cecília. El llanto silencioso de Cecília se convirtió en pequeños sollozos de agotamiento.
—Tres días —dijo Enzo rápidamente, como si lo hubiera estado conteniendo demasiado—. Tres días, papá.
Tres días.
La mente de Marcelo intentó construir una escalera con ese número. Tres días significaban mañanas. Noches. Lluvia. Hambre. Miedo. Tres días significaban oportunidades para cambiar de opinión. Oportunidades para abrir la puerta. Oportunidades para pedir ayuda.
"¿Cómo comiste?", preguntó Marcelo, y la pregunta lo quebró de una forma nueva. "¿Cómo dormiste?"
Enzo levantó la lámina de plástico lo suficiente para mostrar una bolsa arrugada con algunos trozos más de pan duro dentro.
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