En ese instante, bajo el sol abrasador que quemaba la piel, Sérgio supo que no había llegado allí por casualidad. No era un error del GPS, ni una simple visita de negocios. Era el destino, cruel y maravilloso, tejiendo sus hilos. Pero lo que Sérgio no sabía era que esa decisión, tomada en una fracción de segundo, desataría una cadena de eventos que pondría a prueba su corazón, su paciencia y le enseñaría que la sangre no es lo que define a una familia, sino el coraje de quedarse cuando todos los demás se han ido.
Sin embargo, una sombra del pasado estaba a punto de oscurecer ese rayo de esperanza, amenazando con destruir todo lo que estaba a punto de construir
Sérgio se puso de pie lentamente, incapaz de apartar la mirada de los niños.
No sabía exactamente qué iba a hacer. Solo sabía que no podía subir a su automóvil y fingir que no los había visto.
—¿Cuándo fue la última vez que comieron? —preguntó con suavidad.
Luiz dudó, como si calculara si decir la verdad era peligroso.
—Ayer… en la escuela.
Sérgio cerró los ojos un segundo. Era sábado.
Les hizo una señal hacia el coche.
—Vamos. Les compraré algo de comer.
Los niños intercambiaron miradas nerviosas.
—No podemos irnos —dijo Ravi—. Mamá dijo que si volvía y no estábamos, se enojaría.
El corazón de Sérgio se encogió.
—¿Hace cuánto se fue?
Luiz respondió sin emoción:
—Un año.
El silencio cayó como una piedra.
Sérgio abrió la puerta trasera del automóvil.
—Entonces iremos solo un momento. Y volverán antes de que oscurezca.
Tras unos segundos de duda, los niños subieron con timidez, como si temieran ensuciar el interior impecable.
Esa comida cambió todo.
Comieron con desesperación contenida, intentando ser educados, pero sus manos traicionaban el hambre acumulada. Sérgio los observaba sin tocar su propio plato.
Sentía algo nuevo.
Responsabilidad.
Cuando los llevó de regreso, ya sabía que no podía dejarlos allí.
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