Al día siguiente regresó con asistentes sociales, abogados y autoridades locales. Descubrieron que la madre había abandonado la región meses atrás y no había familiares cercanos.
El proceso fue complicado, pero Sérgio movió recursos, contactos y abogados.
Tres meses después, Luiz y Ravi entraban oficialmente a su casa.
Por primera vez, la enorme mansión dejó de sentirse vacía.
Pero la felicidad duró poco.
Una noche, seis meses después de la adopción, el jefe de seguridad de la propiedad se acercó apresurado.
—Señor… hay una mujer en la entrada. Dice que es la madre de los niños.
Sérgio sintió un golpe seco en el pecho.
La mujer estaba sucia, demacrada, pero sus ojos eran firmes.
—Vine por mis hijos.
Luiz y Ravi, que miraban desde el pasillo, palidecieron.
Ravi comenzó a llorar.
—No queremos irnos…
La mujer, llamada Teresa, alegaba que había tenido que irse por trabajo y que ahora quería recuperarlos.
El problema era legal.
Aunque los había abandonado, no existía una denuncia formal previa. Sus abogados advirtieron que podría recuperar la custodia si lograba demostrar intención de hacerse cargo.
Y Teresa no estaba sola.
Un hombre apareció días después reclamando ser el padre biológico.
Exigía dinero a cambio de firmar la renuncia legal.
—Usted tiene millones. Para usted no es nada —dijo sin vergüenza—. Para nosotros, sí.
Sérgio comprendió entonces que no buscaban a los niños.
Buscaban su dinero.
Pero el golpe más fuerte llegó cuando Luiz explotó una noche.
—¡Todo esto es culpa nuestra! —gritó llorando—. Si no hubiéramos nacido, mamá no se habría ido.
Sérgio lo abrazó con fuerza.
—Escúchame bien —dijo con voz quebrada—. Ningún niño es culpable de las decisiones de los adultos.
Por primera vez, Luiz lloró como un niño.
La batalla legal duró meses.
Investigaciones revelaron abandono, negligencia y antecedentes de violencia del supuesto padre. Teresa admitió que había dejado a los niños solos durante largos períodos.
Finalmente, el juez falló a favor de Sérgio.
La custodia quedó definitivamente en sus manos.
El día que recibieron la noticia, Ravi corrió y lo abrazó.
—¿Ahora sí podemos quedarnos para siempre?
Sérgio sintió lágrimas en los ojos.
—Para siempre.
Dos años después, la casa estaba llena de vida.
Mochilas en la entrada. Balones en el jardín. Risas por los pasillos.
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