Sérgio detuvo su lujoso automóvil importado en medio de la nada. El motor se apagó, dejando que el silencio abrumador del campo se apoderara del ambiente, solo interrumpido por el sonido del viento caliente que levantaba una fina capa de polvo rojo. Se ajustó el saco azul marino, una prenda que costaba más de lo que muchas familias ganarían en un año, y bajó del vehículo. Sus zapatos de cuero italiano crujieron contra la tierra seca y agrietada.
No estaba allí por placer. Había venido a inspeccionar unas tierras para una posible adquisición, otro negocio más para engrosar su ya inmensa fortuna. Pero al levantar la vista, el negocio desapareció de su mente. El mundo pareció detenerse, congelado en un solo fotograma que quedaría grabado en su retina para siempre.
Frente a una choza miserable, construida con ladrillos mal puestos y techo de lámina oxidada, estaban dos niños.
Eran idénticos. Dos gotas de agua en un océano de sequía. Tendrían unos nueve años. Estaban cubiertos de polvo, con camisetas que alguna vez fueron blancas y ahora eran trapos grises llenos de agujeros. Sus piernas y brazos eran delgados, demasiado delgados, como ramas secas a punto de quebrarse. Pero lo que golpeó a Sérgio no fue su pobreza, sino sus ojos. Eran ojos grandes, oscuros y profundos, cargados de una seriedad que ningún niño debería poseer.
Sérgio sintió que le faltaba el aire. Tragó saliva, sintiendo un nudo áspero en la garganta. Él, un hombre que tenía todo lo que el dinero podía comprar, cargaba con un vacío en el pecho que ninguna inversión podía llenar: cuarenta años de edad, una viudez reciente y un diagnóstico médico que le había arrebatado su mayor sueño. No podía tener hijos.
Con las manos temblorosas, ignorando la suciedad que mancharía su traje impecable, se agachó allí mismo, en la tierra roja, para quedar a la altura de ellos.
—¿Viven aquí? —preguntó Sérgio. Su voz salió ronca, quebrada por una emoción que no lograba identificar.
El niño de la izquierda, que sostenía la mano de su hermano con una fuerza desesperada, como si fuera lo único que lo mantenía anclado a la tierra, asintió levemente. El otro niño, Ravi, mordió su labio inferior y bajó la mirada, avergonzado.
—Nos las arreglamos, señor —respondió Luiz, el que parecía ser el protector. Su voz era fina, pero firme.
Sérgio sintió que algo se rompía dentro de él. Había pasado años visitando clínicas de fertilidad, escuchando promesas vacías de médicos caros, llorando junto a su difunta esposa cada vez que una prueba daba negativo. Y allí, en medio de la nada, olvidados por Dios y por el mundo, estaban estos dos niños que parecían haber sido moldeados por la misma mano divina que le había negado a él la paternidad.
—¿Están solos? —insistió Sérgio, aunque la respuesta era evidente en el abandono que los rodeaba.
—Mamá se fue hace tiempo. Dijo que volvería, pero no volvió —dijo Ravi en un susurro, levantando la vista. Había una tristeza tan antigua en su mirada que Sérgio tuvo que contener las lágrimas.
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