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EL MILLONARIO CREYÓ QUE ESTABA SALVANDO A UN NIÑO DE LA CALLE AL DARLE UN TRABAJO, PERO FUE EL SILENCIO DEL NIÑO HUÉRFANO Y LA ANTIGUA RAÍZ DEL JACARANDA LO QUE REALMENTE TRAJO LA REDENCIÓN…

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Don Alejandro lo miró, incrédulo. Estaba acostumbrado a la sumisión, no a la franqueza. —Nadie entra aquí. Es una regla. —Estaba sucio —respondió Tomás—. Y las cosas que se quieren no se deben dejar llenar de polvo.

El millonario abrió la boca para despedirlo, para echarlo a la calle por insolente. Pero se detuvo. Miró el disco. Era el favorito de su esposa, fallecida años antes que su hijo. La música que llenaba la casa cuando aún había risas. —Vete a tu cuarto —dijo finalmente, con un hilo de voz—. Y no vuelvas a entrar.

Tomás obedeció. Pero al día siguiente, el disco seguía en el escritorio. Y esa noche, por primera vez en diez años, una melodía suave se filtró por debajo de la puerta del despacho.

El verdadero punto de quiebre llegó con la tormenta.

Fue una de esas tempestades bíblicas que azotan el centro del país en agosto. El cielo se desplomó sobre la ciudad, convirtiendo las calles en ríos y los jardines en pantanos. Los truenos hacían vibrar los cristales de la casona como si quisieran romperlos.

La luz se cortó cerca de la medianoche.

Don Alejandro estaba en su habitación, sentado en un sillón de orejas, mirando la oscuridad. La falta de electricidad anulaba las defensas de su riqueza. En la oscuridad, no era un magnate; era un anciano solo en una casa llena de fantasmas. El ruido del viento le recordaba a la noche en que recibió la llamada del hospital.

De pronto, un estruendo terrible sacudió el jardín. Un sonido de madera desgarrándose, un crujido que pareció venir de las entrañas de la tierra.

—¡La jacaranda! —gritó don Alejandro, poniéndose de pie con una agilidad que creía perdida.

Bajó las escaleras a tientas, con el corazón golpeándole las costillas. —¡Fermín! ¡Anselmo! —gritaba, pero el ruido de la lluvia devoraba su voz.

Abrió la puerta trasera y el viento lo golpeó, empapándolo al instante. En medio de la negrura, iluminada solo por los relámpagos, vio la silueta del árbol. Una de las ramas principales, la más grande, se había partido y colgaba peligrosamente, amenazando con desgarrar el tronco entero por el peso.

Don Alejandro corrió hacia allá, olvidando su cojera, olvidando la “línea” imaginaria que no cruzaba. El barro le chupaba los zapatos caros. Llegó al árbol y lo abrazó, como si con sus brazos pudiera sostener toneladas de madera mojada. Lloraba, mezclando lágrimas con lluvia. —¡No te caigas! ¡No te vayas tú también! —sollozaba, hablándole al árbol como si fuera Gabriel.

Entonces, sintió unas manos pequeñas pero firmes junto a las suyas. —¡Empuje, señor! ¡Hacia arriba!

Era Tomás. El niño estaba empapado, con el pelo pegado a la frente, pero empujaba la rama rota con una fuerza furiosa. —¡Traje una cuerda! —gritó el niño por encima del trueno—. ¡Ayúdeme a sostenerla mientras la amarro al tronco sano!

—¡Vete, te vas a lastimar! —gritó Alejandro. —¡No me voy! —respondió Tomás, y fue la primera vez que le gritó al patrón—. ¡Si se rompe, se rompe todo! ¡Empuje!

Juntos, el viejo y el niño, lucharon contra la gravedad y la tormenta. Resbalaron en el lodo, se lastimaron las manos con la corteza rugosa, pero lograron levantar la rama lo suficiente. Tomás trepó con agilidad de gato y ató la cuerda con nudos marineros que nadie sabía dónde había aprendido.

Cuando terminaron, ambos cayeron sentados sobre el pasto inundado, respirando con dificultad. La lluvia comenzaba a amainar.

Don Alejandro miró sus manos llenas de tierra y sangre. Luego miró al niño. Tomás temblaba de frío, abrazándose las rodillas.

—Pudiste morir aplastado —dijo Alejandro, con la voz ronca. —Usted también —contestó Tomás, castañeteando los dientes.

El millonario se pasó la mano por la cara mojada. Por primera vez en años, había cruzado la línea. Estaba del otro lado de la jacaranda. Y el mundo no se había acabado.

—¿Por qué? —preguntó Alejandro—. ¿Por qué te importa un árbol viejo? Tomás levantó la vista. Sus ojos brillaban en la penumbra. —Porque mi papá me enseñó a hacer nudos antes de irse. Dijo que los nudos sirven para que las cosas no se vayan.

Un silencio denso se instaló entre los dos, más pesado que la lluvia. —¿Tu papá se fue? —preguntó Alejandro, con una suavidad desconocida. —Se fue a trabajar al norte. Dijo que volvería en un año. Han pasado cuatro. Mi mamá murió esperándolo. Yo sé que no va a volver.

Tomás miró el árbol remendado. —Pero usted tiene suerte, patrón. —¿Suerte? —Alejandro soltó una risa amarga—. Mi hijo está muerto. Yo lo maté con mi orgullo. —No —dijo Tomás, tajante—. Su hijo está muerto, sí. Pero usted sigue aquí. Y la jacaranda sigue aquí. Mi papá no tiene tumba, no tiene árbol. Nadie sabe dónde quedó. Usted tiene dónde llorar. Eso es suerte.

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