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EL MILLONARIO CREYÓ QUE ESTABA SALVANDO A UN NIÑO DE LA CALLE AL DARLE UN TRABAJO, PERO FUE EL SILENCIO DEL NIÑO HUÉRFANO Y LA ANTIGUA RAÍZ DEL JACARANDA LO QUE REALMENTE TRAJO LA REDENCIÓN…

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Pero Tomás observaba. Tenía el don de la invisibilidad que desarrollan los niños que han aprendido que llamar la atención suele traer problemas. Observaba las fotografías antiguas en marcos de plata que nadie tocaba, como si fueran reliquias sagradas o malditas. Observaba el despacho de caoba que siempre permanecía cerrado a cal y canto por las tardes. Observaba la silla vacía en la cabecera de la mesa del comedor, esa silla que don Alejandro evitaba mirar mientras cenaba en el extremo opuesto, en un silencio solo roto por el chocar de la cuchara contra la porcelana.

Las casas grandes guardan ecos. Se impregnan en las paredes, se esconden bajo las alfombras persas. Y los niños que han perdido todo saben escuchar esos ecos mejor que nadie.

Pasaron los días, lánguidos y calurosos. Luego, las semanas se convirtieron en meses.

Tomás comenzó a aprender la rutina de la casa igual que si hubiera vivido allí desde el principio de los tiempos. Sabía que a las siete en punto, el aroma a café de olla con canela debía inundar la cocina. Sabía que a don Alejandro le molestaba el ruido de la aspiradora antes de las diez. Sabía dejar los periódicos perfectamente alineados en la mesita de entrada, con las noticias financieras arriba y las tragedias nacionales abajo.

Y sabía, sobre todo, el ritual de los domingos.

Los domingos, don Alejandro salía al jardín trasero. Caminaba con las manos en la espalda, arrastrando ligeramente la pierna izquierda, secuela de una vieja caída o quizá del peso de los años. Caminaba entre los rosales que cuidaba Anselmo y las bugambilias que estallaban en color fucsia, pero nunca iba más allá del viejo árbol de jacaranda que dominaba el centro del terreno.

Siempre se detenía allí, justo en el límite donde la sombra del árbol tocaba el pasto. Siempre miraba el suelo, donde las raíces nudosas sobresalían de la tierra. Siempre regresaba, con los hombros más caídos que al salir. Como si una cadena invisible lo atara a ese lugar, impidiéndole avanzar, pero también impidiéndole huir.

Una tarde de octubre, cuando el viento comenzaba a oler a tierra mojada y a cempasúchil, Tomás estaba barriendo las hojas secas cerca del muro perimetral. Se atrevió a acercarse a Anselmo, que podaba un seto con paciencia infinita.

—Don Anselmo —dijo el niño, apoyándose en la escoba—, ¿por qué el patrón nunca pasa de ese árbol? ¿Por qué le tiene miedo a la jacaranda?

El jardinero detuvo las tijeras en el aire. Se secó el sudor de la frente con un pañuelo rojo y miró hacia la casa, asegurándose de que nadie escuchara.

—No es miedo, hijo. Es memoria —dijo el viejo, bajando la voz—. Ahí fue la última vez que vio a su hijo, a Gabriel.

Tomás sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento. —¿Se murió ahí?

—No. Peor —Anselmo suspiró, un sonido rasposo como hojas arrastradas—. Ahí discutieron. Gabriel tenía veinte años, la misma terquedad que su padre y el doble de orgullo. Se gritaron cosas que no tienen vuelta atrás. Don Alejandro le dijo que si cruzaba ese portón, no volviera. Y Gabriel, que tenía la sangre caliente, cruzó el jardín, pasó la jacaranda y se fue.

—¿Y no volvió?

—Volvió en una caja, tres meses después —dijo Anselmo, volviendo a su poda con movimientos bruscos—. Un accidente en la carretera, allá por el norte. Nunca se perdonaron. Don Alejandro cree que si pasa de ese árbol, acepta que Gabriel se fue para siempre. Mientras no cruce esa línea, en su cabeza, la discusión todavía no termina.

Tomás dejó de barrer. No hizo más preguntas.

Pero desde ese día, la jacaranda dejó de ser solo un árbol para él. Se convirtió en un monumento al silencio. Cada vez que pasaba junto a ella, levantaba la vista hacia las ramas que, en primavera, lloraban flores moradas como una lluvia detenida en el tiempo. Y algo en su expresión cambiaba. Como si entendiera un idioma que nadie le había enseñado.

Don Alejandro seguía en su torre de marfil, ajeno a que el niño conocía ahora su secreto más oscuro. Sin embargo, algo sutil comenzó a cambiar en la dinámica de la casa.

Tomás, movido por una intuición que superaba su edad, empezó a realizar pequeños actos de rebeldía silenciosa.

Un día, entró al despacho prohibido aprovechando un descuido de Fermín. La habitación olía a tabaco rancio y a papel viejo. En el rincón, había un tocadiscos y una colección de vinilos cubiertos de polvo. Tomás pasó el dedo por uno de ellos: Boleros Inolvidables. Lo limpió con su manga y lo dejó sobre el escritorio, bien visible.

Cuando don Alejandro entró esa noche y vio el disco, se quedó paralizado. Llamó a gritos al mayordomo. —¿Quién ha tocado esto? —bramó, con la cara enrojecida. —Fui yo, señor —dijo Tomás, apareciendo en el umbral. Su voz no tembló, aunque sus manos sí.

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