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EL MILLONARIO CREYÓ QUE ESTABA SALVANDO A UN NIÑO DE LA CALLE AL DARLE UN TRABAJO, PERO FUE EL SILENCIO DEL NIÑO HUÉRFANO Y LA ANTIGUA RAÍZ DEL JACARANDA LO QUE REALMENTE TRAJO LA REDENCIÓN…

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Cuando la gente del barrio vio por primera vez al niño cruzar el portón de hierro forjado de la casona de don Alejandro Fuentes, nadie pensó en otra cosa más que en caridad mal entendida o en un capricho de viejo rico.

—Seguro lo recogió de alguna casa hogar —susurraban las vecinas tras las cortinas de encaje, mientras barrían las banquetas al amanecer—. Con tanto dinero y tanta soledad, qué le cuesta fingir que tiene corazón.

Pero el niño no llegó con la fanfarria de las buenas obras. No hubo juguetes nuevos brillando bajo el sol, ni ropa de marca que le quedara grande, ni la promesa tácita de una vida de privilegios heredados. Llegó con una mochila de lona deshilachada, dos camisas de algodón dobladas con un cuidado casi quirúrgico y un silencio que parecía pesar más que sus propios huesos.

No lo presentaron como hijo. Ni siquiera como protegido. Lo presentaron como ayudante.

Don Alejandro era una leyenda en la ciudad. Un hombre hecho a sí mismo, forjado en el fuego de la industria y enfriado en el hielo de los negocios. Dueño de textileras y constructoras, estaba acostumbrado a que el mundo girara al ritmo de su reloj de bolsillo. Su casa, una mansión de muros altos y estuco color ocre, era inmensa. Demasiado grande para un hombre que vivía solo, rodeado de ecos y de muebles cubiertos con sábanas blancas en las habitaciones que ya nadie abría.

Hacía años que allí no habitaba una familia. Solo empleados que se movían como fantasmas: Doña Lupe, la cocinera que hablaba con las ollas; Anselmo, el jardinero que prefería las plantas a las personas; y ahora, Tomás.

El niño se llamaba Tomás. Tenía once años en el acta de nacimiento, aunque su manera de mirar, profunda y estática, hacía pensar en alguien que había vivido tres vidas, y ninguna de ellas feliz.

El mayordomo, un hombre de pocas palabras llamado Fermín, le explicó sus tareas con voz suave, casi disculpándose: —No es trabajo pesado, chamaco. Solo estar. Ayudar a don Alejandro si se le cae el bastón. Ordenar los periódicos. Acompañar, pero sin estorbar. ¿Entiendes la diferencia?

Tomás asintió sin hacer preguntas. Sus ojos negros recorrieron el vestíbulo, los techos de doble altura y las lámparas de araña que acumulaban polvo de estrellas muertas. Parecía saber, por instinto, que aquel lugar no era un hogar. Era una trinchera de lujo. Y para él, una oportunidad de comer caliente.

Don Alejandro no mostró especial interés en él. No era crueldad activa; era la indiferencia de quien ha decidido que ya no le cabe nadie más en el alma. Para él, el niño era un renglón más en la nómina, una responsabilidad administrativa, como firmar un cheque o autorizar la impermeabilización del techo antes de las lluvias.

Se cruzaban por los pasillos de loseta fría. —Buenos días, señor. —Buenos días.

Nada más. Las palabras caían al suelo y se rompían como cristal barato.

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