El sonido de piel rozando piel resonó por la sala como un trueno. Por un instante, Tamara no vio nada más que manchas blancas bailando ante sus ojos. Su mejilla ardía, palpitando con un dolor que le revolvía el estómago. Pero eso no era lo peor.
Lo peor fue que su marido, su propio marido, ni siquiera levantó la vista de su teléfono.
Jerome siguió desplazándose, probablemente enviándole mensajes de texto nuevamente, mientras su madre estaba de pie junto a Tamara como si fuera tierra en la suela de su zapato.
Tamara tenía siete meses de embarazo. Siete meses. Y llevaba cuatro meses trabajando como empleada doméstica en esta casa.
La misma casa que había comprado en secreto tres semanas antes por cuarenta y dos millones de dólares en efectivo.
La misma casa donde Jerome planeaba casarse con su amante, Simone, el próximo sábado.
La misma casa que pertenecía a la familia de Tamara antes de que esta gente le robara todo cuando tenía solo once años.
Pero antes de entrar en detalles sobre cómo Tamara se vengó de la familia que destruyó su vida, hazme un favor rápido.
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Ahora bien, ¿dónde estaba yo?
Ah, sí, la bofetada que lo cambió todo.
La mamá de Jerome, Vanessa, volvió a levantar la mano.
—Eres lento, perezoso e inútil —susurró, con el aliento caliente a vino caro—. Ese bebé probablemente ni siquiera es de mi hijo.
Las manos de Tamara se dirigieron instintivamente a su vientre, protegiendo a la niña que crecía en su interior. La bebé pateaba con fuerza, como si sintiera la ira de su mamá. El dolor de su mamá.
—Quiero que limpies todos los baños de esta casa antes de que llegue la familia de Simone mañana —continuó Vanessa con la voz llena de satisfacción—. Y si veo una mancha, una huella, estás durmiendo a la intemperie. Embarazada o no, me da igual.
Jerome finalmente miró hacia arriba.
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