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El dolor de ver a su hija enferma no era nada comp…

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Las lágrimas llenan los ojos de Fernanda. “Me estabas buscando”. “Alguna parte de mí siempre te ha estado buscando”, dice Diego tomando su mano. “Durante 5 años he tenido este vacío en mi pecho, como si faltara algo importante. Los médicos decían que era normal después de una amnesia traumática. Pero no era solo la pérdida de memorias, era la pérdida de ti. Diego… “.

“He estado pensando mucho sobre esto”, continúa Diego. “Sobre nosotros. Y sé que dijiste que todavía me amas, pero yo no recuerdo nuestro amor. No puedo recordar nuestra primera cita, nuestro primer beso, todas las cosas que hicieron que nos enamoráramos”. El corazón de Fernanda se hunde. Aquí viene el rechazo, la realidad de que no puedes amar a alguien que no recuerdas. “Pero”, dice Diego levantando su barbilla para que lo mire a los ojos, “cada día que paso contigo, cada momento que compartimos, me enamoro de ti de nuevo. No es el mismo amor que teníamos. Es nuevo, es fresco. Pero es real, Fernanda. Es tan real como cualquier cosa que haya sentido”. “¿De verdad?“, susurra Fernanda, apenas atreviéndose a creer. “De verdad”, confirma Diego. “No sé qué pasará con mi madre. No sé cómo manejaremos todas las complicaciones. Pero sé que quiero intentar esto. Quiero ser el padre de Sofía. Quiero estar en tu vida. Quiero ver a dónde nos lleva esto”.

Fernanda se lanza a sus brazos y Diego la sostiene fuerte, respirando su aroma, sintiendo cómo encaja perfectamente contra él, como si sus cuerpos recordaran lo que sus mentes no pueden. Se besan y es como volver a casa después de un largo viaje. Es familiar y nuevo al mismo tiempo. Es todo lo que Fernanda soñó y más. “Te amo”, susurra contra sus labios. “Nunca dejé de amarte”. “Entonces ayúdame a recordar”, dice Diego, “no con memorias perdidas, sino con nuevas. Ayúdame a enamorarme de ti cada día”.

Pero su burbuja feliz no puede durar para siempre. Una semana después, mientras Diego está de visita, su teléfono suena. Es su madre. “Tengo que contestar”, dice Diego con una mueca. “Ha estado llamando sin parar”. “Ve”, dice Fernanda, aunque su estómago se aprieta con ansiedad. Diego se aleja al balcón para hablar. Fernanda puede ver cómo su expresión cambia de neutral a tensa a absolutamente furiosa. “No, madre”, dice Diego con voz dura. “No voy a discutir esto. No, no es asunto tuyo. Porque soy un adulto y puedo tomar mis propias decisiones. Te veré mañana y hablaremos de esto en persona”. Cuelga y regresa adentro, su rostro una máscara de ira contenida.

“¿Cómo se enteró?“, pregunta Fernanda. “No lo sé”, dice Diego, “pero sabe que hemos estado viéndonos. Exige que vaya a la casa familiar mañana”. “¿Vas a ir?“. “Sí”, dice Diego con determinación. “Pero no voy solo. Vienes conmigo. Es hora de que confrontemos esto juntos”. El corazón de Fernanda late con miedo. “Diego, no creo que sea una buena idea. Tu madre me odia”. “Y es hora de que entienda que eso no importa. Que tú y Sofía son mi familia ahora. Que no puede controlarme más”.

La mansión de los Santana es exactamente como Fernanda la recuerda: imponente, fría, intimidante. Cuando entran tomados de la mano, Victoria los espera en la sala principal. “¿Diego?“, dice Victoria ignorando completamente a Fernanda. “¿Qué significa esto?“. “Significa que sé lo que hiciste”, responde Diego con voz calmada pero letal. “Sé que le dijiste a Fernanda que había muerto. Sé que mantuviste a mi hija alejada de mí durante 5 años”.

Victoria no se inmuta. “Hice lo que era necesario para protegerte”. “¿Protegerme?“, ríe Diego sin humor. “¿De qué exactamente?“. “De ella”. Victoria señala a Fernanda con desprecio. “De esa caza fortunas que solo quería tu dinero”. “Fernanda nunca me pidió un solo peso”, dice Diego. “Crió a nuestra hija sola, sin ninguna ayuda, sin pedirme nada. Trabajó como empleada doméstica para mantenerla. ¿Cómo exactamente eso la hace una caza fortunas?“. “Porque ahora que descubrió que estás vivo, aquí está”, responde Victoria, “reclamando que la niña es tuya, buscando apoyo financiero”.

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