PARTE 1
—Cásate con ella de una vez, total… la empresa también te la vas a llevar hoy, ¿no?
Lo dije mirándolo de frente, con una mano sobre mi vientre de ocho meses y la otra sosteniendo la puerta del juzgado familiar como si necesitara recordarle al mundo que todavía seguía en pie.
Mateo no se inmutó. Ni siquiera tuvo la decencia de fingir vergüenza. Llevaba un traje azul marino, la corbata perfectamente acomodada y esa expresión de hombre seguro que tanto le gustaba usar cuando estaba a punto de salirse con la suya. A su lado, Verónica sonrió con esa elegancia ensayada de mujer que cree haber ganado sin haber entendido todavía el juego completo.
Afuera llovía sobre la Ciudad de México. Las banquetas de la colonia Doctores brillaban mojadas, los coches pasaban levantando agua sucia y mi madre, desde el automóvil, me observaba con los ojos rojos de quien quería detenerlo todo y no podía.
—Todavía estás a tiempo de irte —me había dicho unos minutos antes, apretándome la mano—. Nadie te va a juzgar si no entras.
Pero yo no iba a huir.
No después de las noches sola mientras Mateo “cerraba contratos”.
No después de encontrar estados de cuenta de un departamento en Santa Fe que yo jamás había visto.
No después de ver a Verónica salir de ese lugar acomodándose el vestido como si ya se sintiera dueña de la vida que yo ayudé a construir.
—No hagamos un espectáculo, Mariana —dijo Mateo en voz baja, acercándose apenas—. Firmamos, terminamos esto en paz y cada quien sigue su camino.
Solté una sonrisa que hasta a mí me sorprendió.
—Eso mismo pensé yo cuando te descubrí.
Verónica cruzó los brazos y bajó la mirada hasta mi panza con una mueca pequeña, venenosa.
—Ya no deberías preocuparte por lo demás —dijo—. A estas alturas tienes otras prioridades.
La miré por primera vez como realmente era: no una rival, no una amenaza, sino una mujer convencida de que el premio era un hombre que mentía con demasiada facilidad.
—Sí —le respondí—. Ahora mis prioridades son mucho más serias.
Entramos.
La sala olía a papel húmedo, café recalentado y cansancio. El juez revisó documentos, hizo preguntas rutinarias y todo parecía ir exactamente como Mateo lo había planeado. Él contestó firme, casi aburrido. Yo también respondí con calma. Nadie que me viera habría imaginado las noches enteras que pasé reconstruyendo cada pieza de mi vida para entender cómo salvar lo único que realmente me importaba: el futuro de mi hijo.
Cuando pidieron presentar el acuerdo final, el abogado de Mateo empujó la carpeta hacia adelante con confianza. Era un divorcio limpio, rápido, conveniente para él. Casa dividida. Cuentas separadas. La constructora seguía en manos de Mateo. Yo salía con una pensión temporal y un automóvil.
Verónica sonreía.
Entonces mi abogado, el licenciado Salgado, habló por primera vez.
—Su señoría, antes de firmar, necesitamos incorporar documentación que cambia por completo la distribución patrimonial propuesta.
Mateo volteó, incómodo.
—¿De qué está hablando?
Salgado abrió una carpeta beige, sacó varios documentos y los acomodó sin prisa.
—La empresa Grupo Altura del Valle no pertenece legalmente al señor Mateo Serrano. Fue constituida con capital proveniente exclusivamente de la herencia de mi clienta, Mariana Beltrán. El señor Serrano figura como administrador operativo. La propietaria real es ella.
El silencio se volvió tan pesado que hasta pude escuchar la lluvia golpear los ventanales.
Mateo parpadeó como si no hubiera entendido.
Verónica dejó de respirar por un segundo.
Yo no dije nada. Solo lo miré.
Y en ese instante, el hombre que llegó creyéndose vencedor entendió que estaba a punto de perder mucho más que un matrimonio.
No tenía idea de lo que iba a pasar después… y eso era apenas el principio.
PARTE 2
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