El silencio en la sala se volvió denso. La humillación era palpable, cruel. Pero Tomás no bajó la cabeza. —A veces, arquitecto —dijo Tomás, y su voz resonó clara—, los que ejecutamos vemos errores que los que dibujan desde un escritorio con aire acondicionado no pueden ver.
El rostro de Álvaro se endureció. Su ego, inflado por años de halagos, acababa de ser pinchado. No podía permitir que un simple obrero tuviera la última palabra en su propio evento. —¿Ah, sí? —Álvaro hizo un gesto teatral hacia la pantalla gigante detrás de él, donde se proyectaba el plano digital de su obra maestra: la Torre Horizon, un rascacielos de 50 pisos que se construiría el próximo año—. Muy bien. Ya que te crees tan capaz, sube.
El murmullo de la multitud se convirtió en un zumbido eléctrico. —Vamos, no seas tímido —insistió Álvaro, disfrutando el momento—. Sube aquí y muéstranos a todos esos “errores” que tu ojo experto ha detectado y que mi equipo de veinte ingenieros y el software más avanzado del mundo pasaron por alto. Ilumínanos con tu sabiduría de albañil.
Tomás dudó un segundo. No por miedo a fallar, sino porque sabía que lo que estaba a punto de hacer no tenía vuelta atrás. Respiró hondo, tomó su mochila gastada y comenzó a caminar por el pasillo central. El sonido de sus botas pesadas contra el suelo resonaba como un reloj en cuenta regresiva.
Tomás subió los escalones del escenario con paso firme. No miró al público, ni a las cámaras que ahora lo enfocaban esperando captar su ridículo. Se detuvo frente a la gigantesca pantalla LED que mostraba la estructura interna de la Torre Horizon, una maraña de líneas azules y rojas que representaban vigas, columnas y tensiones.
Álvaro se cruzó de brazos, apoyándose en el atril con una sonrisa de suficiencia. —Todo tuyo, genio. Tienes un minuto antes de que llame a seguridad para que te saquen por hacernos perder el tiempo.
Tomás ignoró el comentario. Entornó los ojos y se acercó a la pantalla. Para los estudiantes, aquello era un dibujo abstracto. Para Álvaro, era su legado. Pero para Tomás, aquello no eran líneas; eran fuerzas físicas reales. Él no veía vectores; sentía el peso, la gravedad, el viento. Recordó las lecciones que la vida le había tatuado en la piel, no en un aula, sino bajo el sol abrasador, aprendiendo de su padre, un viejo maestro de obra que le enseñó a “escuchar” al concreto.
El silencio se alargó. Diez segundos. Veinte. Álvaro miró su reloj, listo para despedirlo.
De repente, Tomás levantó una mano curtida, con una cicatriz blanca que le cruzaba el dorso, y señaló un punto específico en la intersección de la planta veinte y el núcleo central. —Aquí —dijo.
—¿Ahí qué? —preguntó Álvaro, impaciente.
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