El aire acondicionado del Gran Auditorio Nacional zumbaba suavemente, manteniendo una temperatura perfecta que contrastaba con el calor sofocante de la ciudad. Adentro, todo olía a perfume caro, a café recién hecho y a esa mezcla intangible de ambición y ego que suele llenar los congresos de alta alcurnia. En el centro del escenario, bajo un haz de luz que parecía diseñado para glorificarlo, estaba Álvaro Santillán.
Álvaro no era solo un arquitecto; era una marca. Su nombre aparecía en las revistas más exclusivas de diseño, sus edificios desafiaban la gravedad en tres continentes y sus conferencias costaban lo que un obrero promedio ganaba en seis meses. Vestía un traje de lino italiano color crema, impecable, sin una sola arruga, y se movía por la tarima con la elegancia de un bailarín y la arrogancia de un rey.
—La arquitectura —decía, proyectando su voz con una dicción perfecta— no es el acto de apilar ladrillos. Eso lo hace cualquiera. La arquitectura es el arte de domar el espacio, de imponer la voluntad humana sobre el caos de la naturaleza. Y eso, señores, solo se logra con años de estudio, con sacrificio académico y con una mente privilegiada.
El público, compuesto por cientos de estudiantes embelesados, profesores y colegas que secretamente lo envidiaban, estalló en aplausos. Álvaro sonrió, una sonrisa ensayada, y bebió un sorbo de agua. Se sentía intocable. Para él, el mundo se dividía en dos: los que diseñaban el futuro y los que simplemente vivían en él.
Sin embargo, en la última fila, en la penumbra, había alguien que desentonaba violentamente con el paisaje. No llevaba traje, ni tablet, ni credencial dorada. Tomás Ríos, un joven de 25 años, estaba sentado con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas. Llevaba unos vaqueros desgastados por el roce constante de materiales ásperos y una camisa de franela azul con manchas visibles de cal y cemento seco en los puños. Sus botas de seguridad, cubiertas de un polvo grisáceo que parecía eterno, descansaban pesadamente sobre la alfombra roja del auditorio.
La gente a su alrededor lo miraba de reojo, con esa mezcla de curiosidad y desdén que la élite reserva para los intrusos. Murmuraban. “¿Qué hace este aquí?”, se preguntaban con la mirada. “¿Se habrá perdido buscando la salida de servicio?”. Pero Tomás no estaba perdido. Estaba escuchando. Sus ojos oscuros y profundos no perdían detalle de lo que ocurría en el escenario. No tomaba notas, no grababa con el celular. Solo observaba, con la misma atención con la que vigilaba una grieta en un muro de carga.
Álvaro, acostumbrado a ser el centro de atención, notó la mancha discordante en su lienzo perfecto. Desde el escenario, la figura de Tomás era imposible de ignorar. Le molestaba. Le ofendía que alguien hubiera entrado a su templo del saber con ropa de trabajo. Decidió que ese sería el momento perfecto para una lección práctica sobre la jerarquía del mundo.
—Veo que hoy tenemos un público… diverso —dijo Álvaro, bajando el tono para que sonara confidencial, aunque el micrófono amplificaba cada sílaba. Caminó hasta el borde del escenario y señaló directamente al fondo, hacia la última fila—. Tú, el joven de la camisa azul. Sí, tú.
El auditorio entero giró la cabeza. Cientos de ojos se clavaron en Tomás. Él no se encogió. Mantuvo la mirada, tranquilo, sin la vergüenza que Álvaro esperaba provocar.
—Dime —continuó el arquitecto con una sonrisa burlona—, ¿te has equivocado de sala? El taller de reparaciones está en el sótano. Aquí estamos hablando de conceptos que requieren, digamos, cierta preparación intelectual.
Hubo risas nerviosas. Tomás se puso de pie lentamente. No lo hizo con desafío, sino con dignidad. —No me he equivocado, arquitecto —respondió. Su voz no tembló. Era una voz acostumbrada a gritar por encima del ruido de las hormigoneras—. Vine porque me interesa el tema de la seguridad estructural.
Álvaro soltó una carcajada seca. —¿Seguridad estructural? Vaya. Es fascinante cómo ahora cualquiera cree que puede opinar sobre ingeniería compleja solo por haber pegado dos bloques de cemento. Escúchame bien, muchacho: hay una diferencia abismal entre ensuciarse las manos y usar el cerebro. Nosotros creamos; ustedes, simplemente ejecutan.
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