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Dos jeans. Algunas blusas.

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La voz pequeña atravesó el silencio del atardecer.

Lena se detuvo.

Conocía esa voz mejor que la suya propia.

Aria.

La niña apareció corriendo por la terraza, el vestido azul ondeando con el viento.

—¡Lena, espera!

Lena se giró.

Las lágrimas que había intentado contener volvieron a brotar.

—Cariño…

Aria se lanzó a sus brazos.

—No te vayas.

Lena la abrazó con fuerza.

—No es mi decisión, pequeña.

—Papá dijo que tenías que irte.

Aria sacudió la cabeza con desesperación.

—¡Pero está equivocado!

Detrás de ellas apareció Alejandro Castillo.

Alto.

Serio.

Impecable en su traje gris.

Su expresión era dura, pero sus ojos mostraban algo distinto.

Algo perturbado.

—Aria —dijo con voz firme—. Vuelve a la casa.

La niña no se movió.

—No.

El silencio cayó como una piedra.

El personal observaba desde lejos.

Nadie se atrevía a hablar.

Aria levantó la mirada hacia su padre.

—Papá… tú no sabes.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Saber qué?

La niña dudó.

Luego caminó hacia él.

Se puso de puntillas.

Y le susurró algo al oído.

Solo unas pocas palabras.

Pero fueron suficientes.

El rostro de Alejandro cambió completamente.

La sangre desapareció de su cara.

Sus hombros se tensaron.

—¿Estás segura? —

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