El niño bajó la mirada.
—En donde puedo, señora. A veces en la estación de autobuses… a veces debajo del puente cerca del río.
El silencio entre ellos fue pesado.
Helena miró las manos pequeñas del niño, sucias pero firmes, agarrando el pan como si fuera un tesoro.
Algo dentro de su pecho, algo que llevaba años dormido, comenzó a moverse.
—¿Tienes familia? —preguntó.
João negó lentamente.
—No, señora.
—¿Nadie?
—Solo Dios —respondió con una pequeña sonrisa.
Helena sintió un nudo en la garganta.
El restaurante ya estaba casi vacío. Los camareros recogían las últimas mesas.
El gerente observaba la escena con incomodidad.
Helena respiró hondo.
—João… ¿qué quisiste decir cuando dijiste que podías sanar mi dolor?
El niño terminó el último bocado y limpió su boca con la manga.
Luego la miró directamente a los ojos.
—Porque cuando alguien escucha a otro… el dolor se vuelve más pequeño.
Helena parpadeó.
Nadie le había hablado así en años.
Todos hablaban **sobre** ella.
Sobre su dinero.
Sobre su accidente.
Sobre su silla de ruedas.
Pero nadie hablaba **con** ella.
João continuó:
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