Hay frases que te dan escalofríos. Palabras que nunca se olvidan. Para mí, resonaron menos de dos días después del funeral de mi hijo, en la casa donde lo crié. En ese preciso momento, comprendí que el duelo no sería la única prueba que tendría que afrontar.
Perder a un hijo y luego perder el lugar
Me llamo Marie, tengo 65 años y soy viuda. Durante mucho tiempo creí que sobrevivir a un hijo era el mayor dolor. Estaba equivocada.
Mi hijo Julien murió repentinamente. La casa se vació de golpe, como si el aire se hubiera evaporado. Después del funeral, todo quedó en silencio, pesado, irreal. Pensé que necesitaría tiempo. No lo tuve.
Poco después del funeral, llegó mi hijastra. No estaba sola. La acompañaban su pareja y un abogado. El tono era frío, apresurado, casi burocrático. No se trataba de duelo, sino de "arreglar las cosas".