María caminaba a su lado, todavía sin saber qué decir.
Cuando llegaron frente a la casa, ella se detuvo.
—Carlos… —dijo en voz baja.
Él la miró.
—Gracias.
Solo eso.
Una palabra pequeña.
Pero llena de años de silencio.
Carlos respiró hondo.
—No me des las gracias.
Luego abrió la puerta.
Dentro de la casa todo estaba igual.
La televisión encendida.
Los platos aún en el fregadero.
Doña Teresa sentada en el sillón.
Jorge revisando su teléfono.
Lucía mirando la pantalla sin prestar atención.
Pero cuando la puerta se abrió…
Todos levantaron la vista.
El ambiente cambió de inmediato.
Carlos dejó a Sofía en el sofá.
Mateo corrió hacia su habitación.
María se quedó cerca de la puerta.
Carlos caminó hacia el centro de la sala.
Nadie habló.
Hasta que él rompió el silencio.
—Vamos a hablar ahora.
Doña Teresa suspiró.
—Carlos, ya basta con el drama.
Pero él no se detuvo.
—No es drama.
Sus palabras salieron claras.
—Es algo que debí haber dicho hace mucho tiempo.
Jorge frunció el ceño.
—¿Y ahora qué?
Carlos miró a su madre primero.
—Cuando me fui a trabajar a Monterrey, pensé que María estaba bien aquí.
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