Pensé que ustedes la cuidaban.
La respetaban.
Pero hoy vi algo diferente.
Doña Teresa movió la cabeza.
—Estás exagerando.
—¿Exagerando? —repitió Carlos.
Señaló la cocina.
—Mi esposa cocinó para todos ustedes.
Cuidó a mis hijos.
Y cuando volvió a la mesa… no había nada para ella.
Lucía habló desde el sofá.
—Ay, Carlos, tampoco la dejamos morir de hambre.
Carlos la miró.
—No.
Pero sí la dejaron sola.
El silencio volvió a llenar la sala.
Carlos respiró profundo.
Luego dijo algo que nadie esperaba.
—Nos vamos.
Doña Teresa se levantó de golpe.
—¿Cómo que se van?
Carlos la miró directamente.
—María, los niños y yo.
Nos mudamos.
Jorge soltó una risa incrédula.
—¿Solo por una comida?
Carlos negó lentamente.
—No es por una comida.
Es por años.
María sintió que el corazón le golpeaba fuerte en el pecho.
—Carlos… —susurró— no podemos irnos así.
Pero él tomó su mano.
—Sí podemos.
Luego miró a su madre.
—Encontré un departamento pequeño cerca de la obra en Monterrey hace unas semanas.
Pensaba arreglarlo primero.
Pero ya no hace falta esperar.
Doña Teresa estaba pálida.
—¿Vas a abandonar a tu familia?
Carlos respondió sin levantar la voz.
—No.
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