—Después de que todos comamos. Así se ha hecho siempre.
Jorge intervino desde el sofá.
—Además, el pescado estaba bueno. Si se acabó, pues se acabó.
Lucía se encogió de hombros.
—Podía haber guardado algo si quería.
La cuchara de María se detuvo en el plato.
Pero no levantó la cabeza.
Carlos la observó.
Las lágrimas todavía caían silenciosas sobre la mesa.
Algo se encendió dentro de él.
Una mezcla de rabia, vergüenza… y culpa.
Porque de repente entendió algo que antes no había querido ver.
¿Cuántas veces habría pasado eso cuando él no estaba?
¿Cuántas comidas?
¿Cuántos días?
Carlos caminó hacia la mesa.
María lo escuchó acercarse, pero siguió mirando el plato.
Entonces él tomó el plato de las espinas.
Y lo levantó.
—Carlos… ¿qué haces? —preguntó Doña Teresa.
Él no respondió.
Caminó directo hacia el bote de basura.
Y dejó caer las espinas dentro.
El sonido seco resonó en la cocina.
Luego tomó el plato de María.
Ella levantó la mirada por primera vez.
Sus ojos estaban rojos.
—Carlos… está bien —susurró—. Yo puedo comer esto.
Pero él negó con la cabeza.
—No.
Su voz fue tranquila.
Pero firme.
—No está bien.
Llevó el plato al fregadero y lo dejó allí.
Luego caminó hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Jorge.
Carlos tomó las llaves que había dejado sobre la mesa cuando llegó.
—A comprar comida.
Doña Teresa soltó una risa corta.
—¿Comida? ¡Pero si acabamos de comer!
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