Desde el comedor llegaban las voces de la familia.
El sonido de los cubiertos.
Risas.
Platos moviéndose.
—El pescado quedó bueno —dijo Jorge.
—Claro, si María cocina bien —respondió Lucía.
—Pásame más tortillas —pidió alguien.
María siguió alimentando a los niños.
Primero a Sofía.
Luego a Mateo.
El arroz se enfrió un poco.
El caldo también.
Pero los niños finalmente dejaron de llorar.
Mateo se limpió la boca con la manga y salió corriendo al patio.
Sofía empezó a cabecear de sueño.
María la acomodó en la pequeña cama junto a la ventana y la cubrió con una manta ligera.
Entonces, por fin, respiró.
Se limpió las manos en el delantal.
Y caminó hacia el comedor.
La casa estaba silenciosa otra vez.
Las sillas estaban movidas.
Los platos vacíos.
Doña Teresa y los demás ya se levantaban de la mesa.
Carlos estaba a punto de llevar su vaso al fregadero cuando María entró.
Nadie dijo nada.
Nadie pareció notar que ella apenas llegaba.
En el centro de la mesa quedaba un solo plato.
María se acercó despacio.
Y entonces lo vio.
Las espinas.
Nada más.
Un esqueleto de pescado limpio, blanco, abandonado en medio del plato rojo de salsa seca.
Ni un pedazo de carne.
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