—Señora Ana, es momento de cerrar el ataúd.

Luis sintió que la oscuridad cambiaba de temperatura.

Ana pidió un último minuto.

Sus pasos se acercaron. Se inclinó sobre él. Luis percibió su perfume, su respiración, su presencia.

—Adiós, Luis —susurró ella—. Fuiste más útil muerto que vivo.

Luego se alejó.

La tapa bajó.

El golpe de madera cerrándose sonó como el final del mundo.

Después vinieron los pestillos.

Uno.

Dos.

Tres.

Luis quedó sumergido en una oscuridad más profunda, una oscuridad sin aire, sin esperanza, sin cielo.

El ataúd comenzó a moverse.

Cada rueda sobre el piso, cada bache, cada inclinación le decía lo mismo: iban al crematorio.

En Santa Fe, Diego recibió el frasco con el rostro serio.

—Llámame en una hora y media —dijo—. Si hay algo, te lo diré.

Miguel esperó en su coche. Afuera, la ciudad seguía viva como si nada. Camiones, vendedores, cláxones, gente cruzando la calle con bolsas de mandado. La vida normal continuaba mientras su hermano quizá seguía atrapado en algún punto entre la muerte y el infierno.

A las cuatro cincuenta, el teléfono sonó.

—Miguel —dijo Diego, y su voz ya no era la de un químico curioso, sino la de un hombre asustado—. Esto no es un aceite. Hay rastros de un paralizante sintético muy potente. Provoca inmovilidad casi total. La respiración y el pulso pueden bajar tanto que parecen inexistentes.

Miguel sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Pero la persona puede estar consciente?

Diego tardó un segundo.

—Sí. Ese es el horror. Puede estar consciente.

Miguel no escuchó más. Arrancó el coche y manejó a la comisaría más cercana como si llevara fuego en las manos.

El delegado Ramírez lo recibió con la mirada cansada de quien ha escuchado demasiadas historias absurdas.

—Mi hermano puede estar vivo —dijo Miguel—. Lo van a cremar a las seis. Su esposa y su amante lo envenenaron.

Ramírez lo miró en silencio.

Miguel mostró el análisis preliminar, la foto de Ana y Javier abrazados en una fiesta meses atrás, los mensajes de Diego, el frasco.

—Entiendo su dolor —dijo el delegado—, pero no puedo detener un procedimiento funerario con una prueba no oficial y una sospecha familiar.

Miguel golpeó el escritorio con la palma abierta.

—¿Y si tengo razón? ¿Va a dejar que quemen vivo a un hombre porque el papel dice que está muerto?

La pregunta quedó flotando.

Ramírez no respondió de inmediato. Su rostro cambió apenas, lo suficiente para mostrar que la duda había entrado.

Tomó el teléfono y llamó al crematorio.

—Suspendan el procedimiento una hora —ordenó—. Una hora nada más.

Miguel cerró los ojos. No era suficiente, pero era algo.

—Necesito más —dijo Ramírez—. Traiga al doctor Morales. Si él admite una duda en el acta de defunción, actuamos.

Miguel salió corriendo.

En el crematorio, el ataúd de Luis ya estaba sobre una plataforma metálica. Desde dentro, él escuchó puertas pesadas, voces de empleados, el eco de un lugar amplio y frío. Luego llegó un soplo de calor que le quemó el alma.

El horno.

Pero entonces alguien dijo:

—Hay que esperar. La policía pidió suspender una hora.

Luis habría llorado de alivio si su cuerpo se lo hubiera permitido.

Miguel.

Su hermano lo estaba alcanzando desde el otro lado de la muerte.

Ana, en la sala de espera, perdió el color.

—¿La policía? ¿Por qué?

Javier la tomó del brazo.

—Cálmate. Si haces una escena, nos hundes.

—Fue Miguel —murmuró ella—. Ese maldito siempre sospechó.

—Sospechar no es probar —dijo Javier—. En una hora todo se acaba.

Dentro del ataúd, Luis reunió todas las fuerzas que le quedaban. Ya no intentó mover la mano completa. Solo un dedo. Uno. El índice derecho. Se concentró en él como si toda su alma cupiera en esa punta de carne dormida.

Muévete.

Por favor.