—Ya está hecho.
Las caras cambiaron del enojo al pánico.
—Y otra cosa —añadí—: quien vuelva a pedirle dinero o aprovecharse de él, no vuelve a entrar en esta casa.
La discusión estalló. Gritos, reproches, acusaciones. Pero por primera vez, el abuelo no intentó calmarlos.
Solo los miró marcharse.
Uno por uno.
Cuando la puerta se cerró, la casa quedó en silencio.
Pensé que estaría triste.
Pero no.
Se veía… aliviado.
Esa noche cenamos juntos. Algo sencillo: sopa y pan, como cuando yo era niño y él llegaba cansado del trabajo en el ferrocarril.
Antes de irme, me tomó del brazo.
—Nunca pensé que tendría que defenderme de mi propia familia.
—No estás solo, abuelo.
Me miró con una sonrisa cansada.
—Lo sé. Por eso duele menos.
Pasaron los meses.
Algunos familiares intentaron volver, pero ya no era lo mismo. Sin dinero de por medio, el cariño parecía evaporarse.
En cambio, el abuelo comenzó a hacer cosas que nunca tuvo tiempo de disfrutar: viajar en tren por placer, aprender fotografía, visitar viejos amigos.
Un día, mientras mirábamos álbumes antiguos, me dijo:
—¿Sabes qué fue lo mejor de todo esto?
—¿Qué?
Sonrió.
—Descubrir quién se quedó cuando ya no había nada que ganar.
Entendí entonces algo importante.
A veces, el verdadero retiro no es dejar de trabajar.
Es dejar de cargar a quienes solo están contigo por interés.
Y aquella familia, sin saberlo, había despertado al nieto equivocado.
Pero también había liberado, por fin, al abuelo correcto.
Con el tiempo, la tormenta terminó de disiparse.
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