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Cuando mi abuelo se jubiló después de más de medio siglo trabajando en el ferrocarril, toda la familia decidió que merecía unas vacaciones inolvidables. Al menos, eso fue lo que dijeron.

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Algunos familiares intentaron volver con disculpas tibias, mensajes en fechas especiales y promesas de cambio. Pero mi abuelo, que había pasado toda su vida cediendo para evitar conflictos, aprendió algo nuevo a sus más de setenta años: decir que no.

Y lo dijo sin rencor.

Simplemente dejó de abrir la puerta a quienes solo aparecían cuando necesitaban algo.

En cambio, su casa empezó a llenarse de otras cosas. Vecinos que venían a jugar dominó, antiguos compañeros del ferrocarril que reaparecieron, niños del barrio que escuchaban fascinados sus historias de viajes y locomotoras.

Yo empecé a visitarlo cada fin de semana. Cocinábamos juntos, arreglábamos cosas en el jardín o simplemente mirábamos partidos viejos mientras él recordaba anécdotas de juventud.

Un día, mientras ordenábamos unas cajas, encontramos su antiguo uniforme de trabajo. Lo sostuvo con cuidado, como si tocara una parte de su vida que aún latía.

—Trabajé más de cincuenta años pensando que todo era para la familia —dijo—. Y al final descubrí que también tenía derecho a vivir para mí.

Lo miré, y por primera vez no vi al abuelo fuerte que siempre resolvía todo, sino a un hombre tranquilo, satisfecho.

Semanas después, usamos parte del dinero que le quedaba para hacer algo distinto. No un resort de lujo, ni viajes para presumir fotos.

Tomamos un tren turístico que recorría las montañas, algo que él siempre quiso hacer, pero nunca pudo porque estaba trabajando.

Durante el viaje, apoyado en la ventana, con el paisaje pasando lentamente, me dijo:

—¿Sabes? Pensé que mi mejor época ya había pasado.

—¿Y ahora?

Sonrió, con los ojos brillando como un niño.

—Ahora creo que recién está empezando.

Mientras el tren avanzaba, entendí que el mejor final no era vengarse, ni ganar una discusión familiar.

El verdadero final feliz era ese.

Un hombre que había trabajado toda su vida, por fin viajando sin preocupaciones.

Y sabiendo que, cuando todos los demás se fueron, alguien decidió quedarse.

Y esta vez, las vacaciones sí eran para él.

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