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Cuando mi abuelo se jubiló después de más de medio siglo trabajando en el ferrocarril, toda la familia decidió que merecía unas vacaciones inolvidables. Al menos, eso fue lo que dijeron.

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Aquella noche lo dejé en casa y esperé a que se durmiera. Luego hice varias llamadas.

Primero al banco.

Mi prima y su hermano tenían un negocio familiar registrado a nombre del abuelo, algo que él aceptó años atrás para ayudarlos cuando empezaban. Nunca revisó papeles ni cuentas; confiaba demasiado en la familia.

Demasiado.

En menos de una hora confirmé lo que sospechaba: habían usado su nombre para pedir préstamos, abrir líneas de crédito y financiar proyectos que jamás le mencionaron. Si algo salía mal, la deuda quedaría en manos de él.

Lo de las vacaciones no era un accidente.

Era la prueba de que ya lo veían como una billetera, no como un abuelo.

Pasé la madrugada reuniendo documentos.

Al día siguiente convoqué a todos a casa del abuelo con un mensaje breve:
“Reunión familiar urgente. Es sobre la herencia.”

Nadie faltó.

Llegaron sonrientes, convencidos de que el abuelo planeaba repartir algo. Cuando entraron al salón, yo ya estaba sentado con carpetas y papeles sobre la mesa. Mi abuelo, confundido, se acomodó en su sillón favorito.

—¿Qué pasa? —preguntó mi prima.

Respiré hondo.

—Que se acabó el abuso.

Encendí el televisor y proyecté los estados de cuenta, contratos y préstamos.

El silencio fue inmediato.

—Todo esto está a nombre del abuelo. Deudas, créditos, negocios fallidos. Y, por si fuera poco, también le cargaron unas vacaciones de lujo sin decirle.

Mi tía intentó reír.

—Ay, tampoco exageres. Somos familia.

La miré fijo.

—Exacto. Por eso lo que hicieron es peor.

Mi prima cambió de tono.

—El abuelo nunca se quejó.

Entonces él habló, con voz temblorosa.

—Porque pensé que ustedes me querían.

Nadie supo qué responder.

Saqué entonces el último documento.

—Desde hoy, todo queda cancelado. Los préstamos pasan a nombre de quienes los solicitaron. Ya hablé con el banco y con un abogado. Y cualquier gasto hecho sin autorización será denunciado como fraude.

Mi primo golpeó la mesa.

—¡No puedes hacer eso!

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