Mi prima propuso llevarlo a un resort lujoso para que, por primera vez, disfrutara sin preocuparse por el dinero. Todos estuvieron de acuerdo y le aseguraron que él no tendría que pagar nada.
Durante una semana entera subieron fotos a redes sociales brindando junto a la piscina, comiendo en restaurantes caros y presumiendo cuánto querían al abuelo. Yo no pude acompañarlos desde el principio por trabajo, pero viajé el último día para traerlo de regreso.
Al llegar al hotel, encontré algo que no esperaba.
Mi abuelo estaba solo en la recepción, con una factura gruesa entre las manos y una expresión de desconcierto. Pregunté por el resto de la familia y el recepcionista me explicó que habían salido hacía más de una hora.
—Dijeron que el señor se encargaría del pago —añadió el gerente.
Revisé la cuenta y casi no lo creí: varias habitaciones, tratamientos de spa, excursiones privadas, bebidas caras… todo cargado a la habitación de mi abuelo. Más de doce mil dólares.
Lo miré y él solo repetía, nervioso, que no quería causar problemas, que quizá podría usar sus ahorros y que lo importante era que todos la habían pasado bien.
Salí del hotel y llamé a mi prima para pedir explicaciones.
Su respuesta me dejó helado.
—El abuelo ya no tiene gastos grandes y tiene dinero guardado. Que nos invite unas vacaciones es lo menos que puede hacer por la familia.
En ese momento entendí que todo había sido planeado desde el principio.
Volví a entrar y le dije a mi abuelo que no se preocupara, que yo solucionaría el problema. Después de hablar con la administración, arreglé el pago y lo llevé de vuelta a casa.
Mientras manejábamos, él me agradecía en silencio, sin imaginar que, esta vez, la familia se había metido con el nieto equivocado.
Conduje en silencio durante varios minutos. Mi abuelo miraba por la ventana, como si no quisiera hablar del tema, como si prefiriera fingir que nada había pasado.
Pero yo no podía dejarlo así.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»