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Cuando ella se presentó a una cita a ciegas, aparecieron tres niñas en su lugar y dijeron que su padre llegaría tarde.

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El tercero sonríe con una extraña mezcla de dulzura y picardía.

"¿Podemos sentarnos contigo?", pregunta. "Llevamos toda la semana esperando conocerte".

Algo en tu pecho se afloja, sólo un poquito, como un nudo que se libera suavemente.

Exhalas y renuncias a la idea de que esta noche será normal.

—De acuerdo —dices, señalando las sillas vacías—. Pero me lo vas a explicar todo. Desde el principio.

Las tres chicas suben con perfecta coordinación, como si compartieran un hilo invisible, y de repente su mesa parece una pequeña reunión de directorio.

El primero extiende una pequeña mano, con un gesto muy profesional.

“Soy Renata”, dice ella.

El segundo sonríe orgulloso.

“Soy Valentina.”

La tercera se inclina más cerca y baja la voz, como si estuviera compartiendo secretos de estado.

—Soy Lucía —susurra—. Y se nos da muy bien guardar secretos. Excepto este. Papá lo va a descubrir pronto.

Se te escapa una risa antes de que puedas contenerla. Real y sobresaltada. De esas que no has tenido en mucho tiempo.

—Muy bien, chicas —dices, intentando mantener la compostura—. ¿Cómo sabían que estaría aquí?

Renata se inclina hacia delante, con los codos apoyados en la mesa y la seriedad al máximo.

“Escuchamos a papá hablando por teléfono con la tía Paola”, explica. “Dijo que se encontraría con una tal Sofía en el Café Jacaranda a las siete”.

Valentina asiente vigorosamente.

"Estaba nervioso. Súper nervioso", dice. "Se estaba arreglando la corbata frente al espejo".

Lucía añade, como un científico que aporta el dato final: «Nunca se arregla la corbata. Así que sabíamos que era importante».

Tu estómago da un pequeño vuelco que no terminas de comprender.

Un hombre que intenta conseguir una cita. Un hombre que se pone nervioso. Un hombre cuyos hijos están tan comprometidos que organizan una pequeña misión para su felicidad.

Es adorable, sí. También es un poco desgarrador.

“¿Y decidiste venir antes que él?”, preguntas, manteniendo tus cejas neutrales mientras tu mente corre.

Valentina te corrige inmediatamente, ofendida por la implicación.

“Antes no”, dice. “Es porque tuvo que volver al trabajo. Algo se rompió con los servidores, y él lo arregla todo”.

La boca de Renata se aprieta como si cargara con una responsabilidad demasiado grande para su edad.

"Pero no queríamos que pensaran que se le olvidó", dice. "Estaba emocionado. Incluso quemó los panqueques".

Lucía se encoge de hombros con calma.

"Siempre quema los panqueques", dice. "Pero hoy fue peor".

Aprietas los labios para no reírte otra vez y te das cuenta de que estas chicas no son sólo inteligentes.

Observan de cerca a su padre. Conocen sus hábitos, su tristeza, su esfuerzo. Saben cómo se refleja su valentía en los pequeños desastres domésticos.

Miras hacia la puerta instintivamente, casi esperando que ese hombre misterioso entre en cualquier momento.

“¿Entonces convenciste a una niñera para que te trajera?”, preguntas.

Las chicas intercambian una mirada que tiene la inconfundible energía de la culpa compartida.

Renata responde con cuidado.

“No la convencimos”, dice.

Valentina suelta la verdad como una confesión envuelta en brillos.

"Quizás le dijimos que papá dijo que estaba bien", dice rápidamente. "Lo cual dirá cuando descubra que funcionó".

Levantas las cejas.

“¿Funcionó?” repites.

Lucía sonríe, dejando ver un pequeño espacio entre sus dientes, y dice la frase que cae suave pero profundamente.

“Nuestro plan para que papá no deje de ser feliz.”

Por un momento, olvidas el café que te rodea. Olvidas la silla vacía, al desconocido que llegó tarde, todo el concepto de una cita a ciegas.

Ves tres caritas que te miran como si no fueras simplemente una mujer en una mesa, sino una posibilidad.

Te recuestas y los estudias, intentando evitar que tu corazón haga promesas que no pueda cumplir.

"¿Por qué es tan importante?", preguntas con dulzura. "¿Por qué todo esto?"

Las chicas se quedan en silencio. Su confianza se desvanece en algo tierno.

Valentina habla primero, en voz más baja.

“Porque papá lleva mucho tiempo triste”, dice. “Cree que no nos damos cuenta. Pero sí nos damos cuenta”.

Renata mira sus manos.

“Sonríe con nosotros”, dice. “Pero cuando cree que no lo vemos, parece estar solo”.

Se te hace un nudo en la garganta porque reconoces esa mirada. Tú también la has llevado.

Lucía continúa, casi con naturalidad, como si éste fuera el clima de su casa.

"Lo hace todo", dice. "El desayuno, las tareas, los cuentos antes de dormir". Hace una pausa. "Es el mejor padre. Pero nunca hace nada por él".

Renata añade, más suavemente: “La abuela dice que tiene miedo”.

Inhalas lentamente.

“¿Miedo de qué?”, preguntas.

Valentina responde como si fuera obvio.

“De volver a lastimarse.”

La pieza faltante se desliza en su lugar con un clic silencioso.

Eliges tus palabras con cuidado, porque no quieres hurgar en las heridas de los niños.

“¿Y tu mamá?”, preguntas.

Renata responde simplemente, casi con demasiada calma.

"Es actriz", dice. "Muy famosa".

Valentina dice que a veces la ven en la tele. No hay enojo. Solo la realidad.

Lucía termina con una voz que suena practicada, el tipo de madurez emocional que los niños aprenden cuando los adultos les fallan.

“Papá dice que nos quería”, dice. “Pero le gustaba más actuar. Y la gente puede elegir. Eso es lo que dice”.

Tu corazón se rompe y se vuelve a unir en el mismo segundo.

Estas chicas no están amargadas. Se sienten contenidas. Están lo suficientemente seguras como para hablar de su abandono sin ahogarse en él.

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