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Cantaba en la calle para salvar a su madre, sin saber que el juez millonario era el padre que las abandonó. Cuando él escuchó la canción, se dio cuenta de su fatal error…

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La lluvia caía implacable sobre el pavimento agrietado del centro de Guadalajara, repiqueteando como un tambor melancólico sobre la caja de cartón que servía de escenario improvisado. Allí, bajo la grisura de una tarde de otoño, Sofía Reyes, de apenas siete años, cerraba los ojos y dejaba que su voz se elevara por encima del ruido del tráfico y la indiferencia de los transeúntes. No cantaba por fama, ni por aplausos; cantaba para sobrevivir.

Sus manos pequeñas aferraban una guitarra gastada, un instrumento que parecía gigante para su cuerpo frágil, pero que abrazaba con la familiaridad de un viejo amigo. Era la herencia de su madre, Carmen, de cuando ella aún tenía sueños propios, antes de que el cáncer comenzara a devorarle la vida.

“Tú eres mi sol, mi único sol…”, entonaba Sofía con una pureza que helaba la sangre. Su voz no sonaba como la de una niña común; cargaba con el peso de facturas médicas impagables, de noches en vela y del miedo constante a quedarse sola en el mundo. La gente pasaba apresurada, arrojando alguna moneda en su gorra desgastada, movidos más por la lástima que por el arte, sin saber que cada peso era una batalla ganada contra la muerte.

Esa tarde, una mujer elegante se detuvo. No por lástima, sino porque el talento de Sofía la golpeó de lleno. Con lágrimas en los ojos, le preguntó por qué cantaba con tanta desesperación. La respuesta de Sofía fue simple y devastadora: “Mi mamá se está muriendo y necesito operarla. Voy a cantar hasta que tenga suficiente dinero para salvarla”.

La mujer, conmovida, le dejó un volante empapado por la lluvia: “Talento México”. El concurso más grande del país. El premio: un millón de pesos.

Sofía corrió a casa, con el papel apretado contra su pecho como si fuera un boleto dorado. Encontró a su madre, Carmen, pálida y temblando en el suelo del baño. La enfermedad avanzaba rápido, demasiado rápido. Aunque Carmen intentó disuadirla, temiendo que el mundo del espectáculo fuera cruel con su pequeña, la determinación en los ojos verdes de Sofía era inquebrantable. “Tú me enseñaste que la música puede curar cualquier cosa, mamá. Ahora voy a probarlo”.

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