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Cantaba en la calle para salvar a su madre, sin saber que el juez millonario era el padre que las abandonó. Cuando él escuchó la canción, se dio cuenta de su fatal error…

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Días después, Sofía estaba parada en el escenario de las audiciones, cegada por luces brillantes que contrastaban con la oscuridad de su vida cotidiana. Frente a ella, tres jueces. Entre ellos estaba Alejandro Mendoza, un magnate de los medios, conocido por su ojo crítico y su inmensa fortuna, pero también por una frialdad que ocultaba un pasado doloroso. Alejandro miró su reloj, aburrido. Había visto a cientos de aspirantes ese día.

“¿Qué vas a cantar?”, preguntó Alejandro con desgana.

“Una canción que mi mamá me enseñó. Se llama ‘Tú eres mi sol'”, respondió Sofía, ajustando la correa de su guitarra.

Cuando Sofía rasgueó el primer acorde y su voz cristalina llenó el auditorio, el tiempo pareció detenerse. “Tú eres mi sol, mi único sol, me haces feliz cuando el cielo es gris…”.

En la silla del juez principal, el mundo de Alejandro Mendoza se detuvo en seco. Su corazón dio un vuelco violento dentro de su pecho, y un sudor frío recorrió su espalda. Esa canción. Esa guitarra. Esa voz. No era una canción cualquiera; era la nana que él mismo le cantaba a su bebé siete años atrás, antes de cometer el error más grande de su vida: abandonar a su familia por la ambición.

Alejandro se inclinó hacia adelante, sus manos temblando, tratando de enfocar la vista en la niña. Esos ojos. Esa barbilla obstinada. Eran los ojos de Carmen. Eran sus ojos.

En ese instante, bajo los reflectores, Alejandro no solo estaba escuchando a una concursante talentosa. Estaba mirando al fantasma de su propio pasado, a la hija que dejó atrás, cantando la melodía de su traición. Y mientras la última nota flotaba en el aire, Alejandro supo que su vida, tal como la conocía, estaba a punto de derrumbarse para siempre, porque el destino acababa de cobrarle la factura más cara de su existencia.

Alejandro salió del set de grabación como si le faltara el aire, ignorando las preguntas de sus compañeros jueces y del equipo de producción. Se encerró en su camerino, con el pecho subiendo y bajando violentamente. “Consígueme todo sobre Sofía Reyes. Todo. Ahora”, ordenó a su asistente con una voz que no admitía réplica.

Veinte minutos después, la verdad estaba sobre su escritorio en una carpeta fría y clínica. Sofía Reyes, hija de Carmen Reyes. Nacida siete años y tres meses atrás. Madre soltera. Diagnóstico actual de la madre: Cáncer etapa 3, terminal si no se intervenía de inmediato. Situación financiera: Pobreza extrema.

Alejandro sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Carmen se estaba muriendo. Su Carmen. La mujer que había amado y abandonado por perseguir un imperio que ahora se sentía vacío. Y su hija, su propia sangre, estaba cantando en las calles para salvarla, mientras él vivía rodeado de lujos inútiles.

La culpa lo golpeó como un tsunami, pero no había tiempo para el remordimiento pasivo. Alejandro Mendoza, el hombre de negocios, tomó el control. Hizo una llamada, la más importante de su vida. “Localiza el hospital donde está Carmen Reyes. Manda al mejor oncólogo del país. Que la trasladen a una suite privada. Cubre todos los gastos: cirugía, tratamiento experimental, recuperación. Que no le falte nada. Y escúchame bien: bajo ninguna circunstancia deben saber que fui yo. Di que es un benefactor anónimo”.

Mientras Carmen era trasladada de urgencia a un hospital de lujo, sin entender qué milagro estaba ocurriendo, Sofía avanzaba en la competencia. La niña cantaba con una fuerza sobrenatural, impulsada por la noticia de que un “ángel misterioso” estaba salvando a su madre.

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