—Soy Daniel.
No hubo más palabras durante unos segundos. Solo la lluvia cayendo.
Daniel suspiró. Pensó en su apartamento pequeño, en la nevera medio vacía, en las cuentas pendientes. Pensó también en su hijo, en cómo le explicaba cada noche que lo importante era ser buena persona, incluso cuando el mundo no lo era contigo.
Se quitó el abrigo y lo colocó sobre los hombros del anciano.
—Venga conmigo —dijo—. No es gran cosa, pero estará seco y caliente.
Ernesto dudó. La dignidad le pesaba tanto como el frío.
—No quiero causar problemas…
—No los causa.
El trayecto fue lento. Ernesto caminaba con dificultad, apoyándose ligeramente en el brazo de Daniel. No hablaron. No hacía falta.
El apartamento de Daniel era pequeño, pero limpio. Dos habitaciones, una cocina mínima y un salón que hacía de todo. Encendió la calefacción y puso agua a hervir.
—Le prepararé algo caliente —dijo—. Siéntese.
Ernesto obedeció, mirando a su alrededor como si temiera romper algo invisible.
Aquella noche compartieron sopa y pan. Ernesto comía despacio, con agradecimiento silencioso. Daniel no hacía preguntas. Sabía que algunas historias solo se cuentan cuando encuentran el momento.
—Gracias, hijo —dijo Ernesto al final—. Hoy nadie se detiene ya.
Daniel sonrió con timidez.
—A veces no hace falta mucho para ayudar —respondió—. Solo mirar.
Al día siguiente, Mateo llegó corriendo del colegio. Se detuvo en seco al ver al anciano sentado en el sofá.
—¿Papá?
—Es un amigo —explicó Daniel—. Se llama Ernesto. Se quedará con nosotros un tiempo.
Mateo lo observó unos segundos y luego, sin ninguna duda, le ofreció una galleta de su mochila.
—Bienvenido.
Ernesto sonrió. No una sonrisa grande, pero sí sincera. Hacía años que nadie le decía esa palabra.
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