Brenda respondió con risas.
Y él añadió:
“Cuando entregue su sueldo, vamos a estar mejor. Tú tranquila. Ella trabaja, yo administro. Y si pronto queda embarazada, menos va a poder moverse.”
Tuve que sentarme en el borde de la cama.
El mundo no se me cayó encima. Más bien se acomodó de golpe, como un rompecabezas cruel. Las actitudes raras en la luna de miel. El cinturón al llegar. Su falsa disculpa. Su intento de aprender defensa personal. La llegada de su madre sin aviso. Las presiones por mi ropa, mi sueldo, mi cuerpo, mis horarios.
Nada había sido casual.
Diego no era un hombre confundido por una educación machista. Era un cobarde con un plan.
Quería domesticarme para presumirle a otra mujer que había logrado romperme.
Respiré profundo. Recordé a mi papá: “La defensa no siempre es quedarse a pelear.” Recordé a mi abuelo: “Nunca entregues tu paz por miedo a quedarte sola.”
Saqué mi propio celular y fotografié cada mensaje. Uno por uno. Los chats con Brenda. Las burlas. Las promesas de dinero. Los planes para obligarme a entregar mi sueldo. Las frases sobre embarazarme para controlarme. También revisé transferencias bancarias. Había depósitos a nombre de Brenda, pequeños pero frecuentes, hechos desde la cuenta donde Diego insistía en que yo debía poner mi dinero.
Cuando terminé, dejé el teléfono exactamente donde estaba.
Salí de la recámara y me lavé la cara en silencio.
Doña Elvira regresó con bolsas de jitomate, tortillas y pan dulce. Diego despertó al mediodía. Yo pasé el día entero sin decir una palabra. Cociné solo para mí, ordené mis documentos y metí en una carpeta copias de mi acta, mi identificación, recibos de sueldo, comprobantes de compras del departamento y todas las capturas impresas.
El domingo por la noche, después de cenar, Diego y su madre se sentaron en la sala a comer papaya. La televisión estaba encendida con un programa de concursos. Doña Elvira reía fuerte. Diego miraba el celular con la comodidad de quien se cree impune.
Yo entré con la carpeta en la mano.
La dejé caer sobre la mesa de centro.
El golpe seco apagó la risa de doña Elvira.
—¿Ahora qué show traes? —preguntó Diego, sin levantar la vista.
No respondí.
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